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Tormento

Por inveterada costumbre de dar órdenes, Rosalía no cerraba el picodurante el
trabajo, aunque el de las otras dos mujeres fuera tal que nonecesitase ninguna suerte
de estímulo. La diligente amiga que la ayudabaoía su nombre cada medio minuto.
«Amparo, ¿pero qué haces? Te tengo dicho que no empieces una cosa antesde
acabar otra. Más fuerza, hija, más fuerza. Parece que no tienesalma... Vamos, vivo...
Yo quisiera que todas tuvieran este genio mío...¿Pero qué haces, criatura? ¿No tienes
ojos?».
A la criada, mujer seca y musculosa, no la dejaba tampoco en paz ni unsolo
momento.
«Por Dios, Prudencia, mueve esos remos... ¡qué posma!... Es unadesesperación...
¡Que siempre he de estar yo rodeada de gente así!».
En tanto, el gran Thiers... digo, Bringas, allá en otra región de ladescompuesta casa,
no paraba ni callaba un solo instante.
«Felipe, el martillo... Pero hombre, te quedas como un bobo mirando losretratos y
no atiendes a lo que te digo... Dame la tuerca...Mira, allí está. Todo lo pierdes, todo se
te olvida... ¡Qué cabeza,hijo, te ha dado Dios! Se lo contaré todo a tu amo para que te
tire delas orejas y te despabile... ¿Qué se te ha perdido en la cómoda para quemires
tanto a ella? ¡Ah!, las figuritas de porcelana... Vamos, hijo,formalidad. Aguanta ahora
la escalera... ¡Eh!, chiquillo, trae lastenazas, el destornillador... pronto, menéate».
Un viejo, protegido de la casa, ayudaba también; pero a este no se lepermitía poner
sus manos en nada, como no fuera para levantar grandespesos, porque era muy torpe
y en todas partes dejaba huella tristísimade su inhabilidad destructora.
Muy a menudo uno de los consortes necesitaba del autorizado dictamen delotro
para colocar cualquier objeto, y se oían a lo largo de aquelpasillo gritos y
llamamientos como de quien pide socorro. «Bringas, ven,ven acá. No podemos
colocar esta percha». O bien entraba Amparosofocadísima en la sala, diciendo:
«Don Francisco, que a estos clavos se le han torcido las puntas».
—Hija, yo no puedo estar en todo. Esperar un poco.
A pesar de ser tan supino el criterio decorativo de Bringas, este no sefiaba de sí
mismo, y quería consultar con su mujer peliagudosproblemas.
«Rosalía... ven acá, hija... A ver dónde te parece que coloque estoscuadros. Creo
que el Cristo de la Caña debe ir al centro».
—Poco a poco; al centro va el retrato de Su Majestad...
—Es verdad. Vamos a ello.
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