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Tormento

Torturada por estas y otras cavilaciones toda la noche, determinó volvera la mañana
siguiente al confesonario de la Buena Dicha. Hízolo así. Noiba a confesar, sino a decir
simplemente: «Me ha faltado valor, padre,para hacer lo que usted me mandó». Echole
el cura un sermón muy severo,dándole luego ánimos y asegurándole un éxito feliz si
se determinaba.También aquel día vio de lejos a Doña Marcelina Polo, toda negra,
lacara de color de caoba, fija en su banco cual si estuviera tallada enél. Volvió la
penitente a su casa más tranquila; pero mirando a suinterior no encontraba la fuerza
que el sacerdote había queridoinfundirle.
«Si yo me atreviera—pensaba después en casa de Bringas—. Pero no;segura estoy
de que no me atreveré. Ahora sé lo que he de decirle, ycuando lo veo delante, adiós
idea, adiós propósito. Soy tandébil, que sin duda me hizo Dios de algo que no servía
para nada».
¡Y ya era tarde para la confesión! Caballero la acusaría con fundamentode haberle
engañado. ¿No disfrutaba ya ella de la posición de casada?¿No vivía a costa de él?
¿No había empleado el novio cuantiosas sumas enprepararla para la boda? Él podía
con justicia llamarse a engaño,acusarla de deslealtad y ver en ella perversión mayor
de la que había,un fraude de mujer, una embaucadora, una tramposa, una...
Y con el trato había llegado Agustín a formar de su novia idea tan alta,que la
confesión sería como un escopetazo para el pobre hombre. Lamiraba como a un ser
superior, de inaudita pureza y virtud. ¿Cómopermitió ella que su futuro tuviese
opinión tan mentirosa? ¿Con qué carale diría ahora: «no, yo no soy así, yo tengo una
mancha horrenda, yohice esto, esto y esto...»? Caballero se moriría de pena cuando
laoyese, porque declaración tan atroz era para matar al más pintado, y ladespreciaría,
la arrojaría lejos de sí con horror, con asco...
Varias veces había dicho: «La mejor parte de mi dicha está en saber quea nadie has
querido antes que a mí...».
Y ella, insensata, sin medir sus palabras, le había contestado: «anadie, a nadie, a
nadie». Era verdad sin duda en la esfera delsentimiento, porque lo de marras fue pura
alucinación, desvarío, algo de inconsciente, irresponsable y estúpido, como lo que
sehace en estado de sonambulismo o bajo la acción de un narcótico... Perotales
argumentos, amontonados hasta formar como una torre, no destruíanel hecho, y el
hecho venía brutal y terrible a encender la luz de suclara lógica en el vértice de aquel
obelisco de distingos... ¡Malditofaro que alumbraba sus pasos!... Olvido, olvido era lo
que hacía falta;que cayera tierra, mucha tierra sobre aquello de modo que
quedasesepultado para siempre y arrancado de la memoria humana.
Aquella tarde, Caballero la encontró muy ensimismada y le preguntóvarias veces el
motivo.
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