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Tormento

fisonomía delantiguo profesor de escritura se le representaba con los
rasgosespantables, feísimos de un emisario de Satanás.
¿Qué deseaba el buen Ido? ¿En qué podía ella servirle? La cosa era biensencilla. El
egregio novelista había reñido con su editor, el cual noquería tomarle ya sus
manuscritos aunque se los diera de balde y condinero encima. Viéndose a punto de
caer otra vez en la miseria, aquelhombre, poseedor de tan varios talentos, discurrió
buscarse una placitaestable al lado de cualquier persona de suposición y arraigo. Por
suamigo Felipe, sabía que el Sr. D. Agustín Caballero pensaba tomar undependiente
que le llevase los libros y la correspondencia...
«Nadie mejor que usted—dijo el calígrafo con acaramelado rostro—
puedeproporcionarme esa plaza, si lo toma con interés, si se apiada de estepobre padre
de familia. Con que usted diga dos palabras nadamás al Sr. de Caballero, hará mi
felicidad, porque yo sé que ese señorla quiere a usted más que a las niñas de sus ojos,
y con justicia, conrazón que le sobra, porque usted... (acaramelándose hasta lo
increíble)es un ángel, un ángel, sí, de hermosura y bondad».
Amparo cortó el panegírico. Deseaba concluir y que aquel monstruo semarchase.
No le podía ver, reconociendo que era inocentísimo. Comocomprobante de su aptitud
para el cargo que pretendía, Ido del Sagrariollevaba consigo aquella noche una
cuartilla de papel.
«Puede usted mostrarle esta cuartilla—dijo alargándola con timidez—; yahí verá mi
letra, que, aunque me esté mal el decirlo, es tal queseguramente no la hallará mejor.
Eso lo escribí calamo currente, y esparte de la última novela...».
Por perderle de vista, ella le ofreció apoyar su pretensión, y elpobrecillo se fue tan
agradecido y satisfecho, amenazando volver por larespuesta dentro de un par de días.
Amparo, al quedarse sola, pasórápidamente la vista por la novelesca cuartilla y leyó
salteadaspalabras que la aterraron: crimen... tormento... sacrilegio... engaño;y otros
términos espeluznantes hirieron sus ojos y repercutieron conhorrible son en su
cerebro. Rompiendo la cuartilla, arrojó los pedazosal fuego.
El espanto que aquel hombre le causaba aumentó con los recuerdos quetuvo de las
pocas veces que le viera en otras épocas. El buenCerato Simple había estado una vez
en la Farmacia a llevarle unacartita... Habían hablado de la escuela, de las travesuras
de loschicos, del sermón... ¡Qué punzantes espinas estas!... ¡Ido del Sagrariolo sabía!
¡Y semejante hombre pretendía una plaza en la futura casa deella!... Sin duda Dios la
abandonaba, entregándola a Satán.
XXVII
 
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