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Tormento

La novia, por el contrario, tenía que emplear trabajosos disimulos paraque la
creyeran contenta; mas por dentro de ella iba la muy lúgubreprocesión de sus dudas y
temores. Vivía en continuo sobresalto; teníamiedo de todo, y aun los accidentes más
triviales eran para ella motivode angustiosa inquietud. Como alguien entrara en la
casa de Bringas, lainfeliz sospechaba que aquella persona, fuera quien fuese, venía
acontar algo. Si sentía cuchicheos en la sala parecíale que se ocupabande ella. En
cualquier frase baladí de Rosalía o de su marido creíaentender sospecha o alusión
taimada a cosas que ella sola podía pensar.A Caballero encontrábale a veces un poco
triste ¿le habrían dichoalgo?... Hasta la llegada del cartero a la casa le producía
escalofríos.¿Traería algún anónimo? Esto de los anónimos se fijó en su mente de
talmodo, que sólo de ver un cartero en la calle temblaba, y la vista decualquiera carta
cerrada con sobre para D. Francisco la hacíaestremecer. Aquel antipático señor de
Torres, que iba a la casa algunastardes, dábale miedo sin saber por qué. No se
hastiaba nunca de mirarlael condenado hombre, con maliciosa sonrisa, sobándose sin
cesar labarba; y ante estas miradas, sentía ella pavor inmenso, cualsi en despoblado se
le apareciera un toro jarameño amenazándola con suhorrible cornamenta.
Llegó a tal extremo la susceptibilidad nerviosa de la Emperadora, quehasta cuando
oía leer un periódico le parecía que en aquellos impresosrenglones se la iba a
nombrar. Si Paquito entraba diciendo: «¿no sabéislo que pasa?», esta sola frase dábale
a ella un violentísimo golpe en elcorazón. ¿Qué más? La criada misma, la inofensiva
Prudencia la mirabasonriendo a veces, cual si poseyera un secreto nefando.
Cuando Agustín y ella se arrullaban en sus honestos coloquios,descansaba de
aquella tortura. Pero a lo mejor se presentaba Rosalíainopinadamente, como persona
que se reconoce nacida para estorbar lafelicidad ajena, y echándole miradas
inquisitoriales, decía:
«Y sin embargo, Agustín, tu novia no está contenta... Mira qué cara deajusticiado
pone cuando me lo oye decir... Algo le pasa, pero cuando noes sincera contigo, ¿con
quién lo será?».
Tales bromas, que no lo parecían, torturaban a la novia más que si lapusieran en un
potro para descoyuntarla. En su casa no dejaba de pensaren estas cosas, repitiéndolas
y comentándolas para descubrir laintención que entrañar pudieran; y como nada
acontecía a su lado de queno resultasen para ella nuevas formas de martirio, ved aquí
unhecho insignificante que aumentó sus agonías:
El más simple de los mortales, D. José Ido del Sagrario, la visitó unanoche. Aunque
Amparo tenía de él concepto inmejorable, su presencia leinspiraba siempre
repugnancia y temor. Al verle sintió frío semejante alque sentiría si la envolvieran en
sábanas de hielo. Aquel hombrerefrescaba sin duda en la memoria de la infeliz joven
escenas y pasos deque ella no quisiera acordarse más. Por eso, la compungida
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