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Tormento

Al regresar a su casa midió las fuerzas que le habían nacido y seasombró de lo
grandes que eran.
«Ahora sí que se lo digo—pensaba—; ahora sí. No me faltan palabras,como no me
falta valor. Tan cierto es que hablaré, como ahora es día...Veamos; empiezo así:
«¡Hoy me confesé!...» De esto a lo demás es llanoel camino. Le diré: 'Tenía un gran
pecado'. '¿Cuál es? ¿Lo puedo saberyo?'. 'No sólo puedes sino que debes saberlo, pues
antes de que losepas, no debo pensar en casarme'. Palabra tras palabra, va saliendo,
vasaliendo la cosa como salió en el confesonario. Si después desaber mi
arrepentimiento, insiste, le pondré por condición irnos a vivira un país extranjero para
evitar complicaciones».
Segura y animosa, deseaba ardientemente que Caballero viniese prontopara plantear
la cuestión desde que entrara. Aquel día no podía faltar.Habían concertado que ella no
saliera los martes y viernes y queCaballero la visitaría en tales días para hablar con
más libertad que enla casa de Bringas. Era viernes.
Refugio estaba aquel día muy risueña.
«Ya sé—le dijo—, que tienes visitas. Me lo ha contado Doña Nicanora.Chica, estás
de enhorabuena».
Eludió Amparo conversación tan peligrosa, y como no quería dar
todavíaexplicaciones a su indiscreta hermana, la invitó a que se marchara, deuna vez.
No se hizo de rogar la otra. Su pintor la esperaba para modelarla figura de una maja
calipiga ayudando a enterrar las víctimas del 2de Mayo. Engullendo a toda prisa su
breve almuerzo, salió.
Poco después llamaron a la puerta. ¿Sería él? Aún era temprano... ¡Jesúsmil veces,
el cartero!... De manos de aquel hombre recibió Amparo unacarta, y verla y temblar
de pies a cabeza todo fue uno. Mirábala sinatreverse a abrirla. Conocía la odiada letra
del sobre. Por Celedonia,que días antes fue a pedirle limosna, sabía que su
enemigoestaba en el campo; pero no pechaba la infeliz que tuviera el antojo
deescribirle. ¿Abriría la epístola, o la arrojaría al fuego sin leerla? ¡Yen qué
momentos venía Satanás a turbar su espíritu, cuando se habíapuesto en paz con Dios,
cuando había fortalecido su conciencia!
«Pero la leeré—dijo—; la leeré, porque lo que diga aumentará mi santohorror, y me
dará fuerzas mayores aún. Hoy no me puede enviar Dios unanueva pena, sino el alivio
de las antiguas».
XXV
La carta estaba escrita con lápiz, y decía así:
 
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