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Tormento

Bringas usaba gafas de oro y se afeitaba totalmente. Unacoincidencia feliz nos
exime de hacer su retrato, pues bastan dospalabras para que todos los que lean esto se
lo figuren y le puedan vervivo, palpable y luminoso cual si le tuvieran delante. Era la
imagenexacta de Thiers, el grande historiador y político de Francia. ¡Quésemejanza
tan peregrina! Era la misma cara redonda, la misma nariz corvay el polo gris, espeso y
con su copete piriforme, la misma frente anchay simpática, la misma expresión
irónica, que no se sabe si proviene dela boca o de los ojos o del copete, el mismísimo
perfil de romanoabolengo. Era también el propio talle, la estatura rechoncha y firme.
Nofaltaba en Bringas más que el mirar profundo y todo lo que es de lapeculiar
fisonomía del espíritu; faltaba lo que distingue al hombresuperior que sabe hacer la
historia y escribirla, del hombre común queha nacido para componer una cerradura y
clavar una alfombra.
III
Rosalía, por su parte, rivalizaba aquel día en fecunda actividad con susin par
marido. Con un pañuelo liado a la cabeza, cubierto el cuerpo deajadísima bata,
trabajaba sin descanso ayudada de una amiga y de lacriada de la casa. Perseguían las
tres el polvo con implacable saña, ymientras una la emprendía a escobazos con el
suelo, la otraazotaba los trastos con el zorro. La nube las envolvía y cegaba como
elhumo de la pólvora envuelve a los héroes de una batalla; mas ellas, conindomable
bravura, despreciando al enemigo que se les introducía en lospulmones, se proponían
no desmayar hasta expulsarle de la casa.Funcionaba después lo que un aficionado a
las frases podría llamar laartillería del aseo, el agua, y contra esto no tenía defensa
elsofocador enemigo. La moza convirtió en lago la cocina, y era de vercómo lo
vadeaba Rosalía, recogidas las faldas, y calzada con unas botasviejas de su marido.
Maritornes, de rodillas, lavaba los baldosines,recogiendo con trapos el agua terrosa y
espesa para exprimirla dentro deun cubo, mientras las otras dos fregoteaban los
cacharros, haciendo unruido de cencerrada que era la música de aquel áspero
combate. La señorametía todo el brazo dentro de la tinaja para acicalar bien su
cavidadoscura, y la amiga sacaba lustre al latón y al cobre con segovianatierra y
estropajo. Ver como del fondo general de suciedad iban saliendoen una y otra pieza el
brillo y fineza del aseo, era el mayor gusto delas tres hembras, y el éxito les
encalabrinaba los nervios y las hacíatrabajar con más ahínco y fe más exaltada. El
agua negra del cuboarrastraba todo a lo profundo. Así el polvo vuelve a la tierra
despuésde haber usurpado en los aires el imperio de la luz; pero,¡ay!, la tierra le envía
de nuevo desafiando las energías poderosas quele persiguen, y esta alternativa de
infección y purificación es emblemadel combate humano contra el mal y de los
avances invasores de lamateria sobre el hombre, eterna y elemental batalla en que el
espíritusucumbe sin morir o triunfa sin rematar su enemigo.
 
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