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Tormento

Todo cuanto veía, todo, apoyaba su cristiana idea; el cielo y la tierra,y aun los
objetos más rebeldes a la personificación se trocaban en seresanimados para
aplaudirla y festejarla. El retrato de su padre lafelicitaba con sus honrados ojos,
diciéndole: «Pero, tonta, si te lovengo diciendo hace tanto tiempo, ¡y tú sin querer
entender...!».
La noche la pasó gozosa. ¡Oh ventajas de un buen propósito! En lasenfermedades
de la conciencia el deseo de medicina es ya la mitad delremedio. Pensó mucho
durante la noche en cómo sería el cura, cómotendría el semblante y la voz. Por grande
que fuera su vergüenza anteDios, más fácil le sería verter su pecado en todos los
confesonarios dela cristiandad que en los oídos de su confiado amante. Pero
estabasegura de que una vez dado aquel paso, lo demás se le facilitaríagrandemente.
Dejó pasar tres días, y al cuarto, levantándose muy temprano, se fue ala Buena
Dicha. Entró temblando. Figurábase que allí dentro tenían yanoticia de lo que iba a
contar y que alguien había de decirle:«Ya estamos enterados, niña». Mas la apacible
solemnidad de la iglesiale devolvió el sosiego y pudo apreciar juiciosamente el acto
que iba arealizar. Y por Dios que duró bastante tiempo. Las beatas que esperabande
rodillas a conveniente distancia, y eran de esas que van todos losdías a consultar
escrúpulos y a marear a los confesores, seimpacientaban de la tardanza, renegando de
la pesadez de aquella señora,que debía de ser un pozo de culpas.
Cuando se retiró del confesonario sentía un gran alivio y espiritualesfuerzas antes
desconocidas. Cómo se habían deslizado sus tenues palabraspor los huequecillos de la
reja, ni ella misma lo sabía. Fueencantamento, o hablando en cristiano, fue milagro.
Asombrábase ella deque sus labios hubieran dicho lo que dijeron, y aun después de
hecha laconfesión, le parecía que se habían quedado atravesadas en la rejaexpresiones
que no eran bastante delgadas, bastante compungidas parapoder entrar. El cura aquel,
a quien la pecadora no vio, era muybondadoso; habíale dicho cosas tremendas,
seguidas de otras dulces yconsoladoras. ¡Oh!, ¡penitencia, amargor balsámico, dolor
que cura! Fuecomo un suicidio cuando la pecadora se rasgó el pecho y enseñó
suconciencia para que se viera todo lo que había en ella. Mostrando locorrupto,
mostraba también lo sano. El sacerdote le habíaprometido perdonarla; pero aplazando
la absolución para cuando lapenitente hubiese revelado su culpa al hombre que quería
tomarla poresposa. Amparo creía esto tan razonable como si fuera dicho por el
mismoDios, y prometió con toda su alma obedecer ciegamente.
Antes de salir de la iglesia una visión desagradable turbó la paz de suespíritu. Allá
en el extremo de la nave vio una mujer vestida de negro,sentada en un banco, la cual
no le quitaba los ojos. Era Doña MarcelinaPolo. La penitente se cubría la cara con el
velo de la mantilla deseandono ser conocida; pero ni por esas... La otra no la dejaba
descansar niun punto del martirio de sus miradas. Para abreviarlo, Amparo,
quepensaba oír dos misas, se fue después de oír una.
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