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Tormento

ofrecía era virtudsuperior a sus débiles fuerzas. ¡Oh, egoísmo, raíz de la vida,
cómodueles cuando la mano del deber trata de arrancarte!... No teníaperversidad para
cometer el fraude, ni abnegación bastante paraevitarlo. No le parecía bien atropellar
por todo y dejarse conducir porlos sucesos; ni su endeble voluntad le daba alientos
para decir: «SeñorCaballero, yo no me puedo casar con usted... por esto, por esto y
poresto».
Pasaba las horas del día y de la noche pensando en los rudos términos desu
problema, perseguida por la imagen de su generoso pretendiente, enquien veía un
hombre sin igual, avalorado por méritos rarísimos en elmundo. Aun antes de tener
sospechas del enamoramiento de Caballero,había sentido Amparo simpatías vivísimas
hacia él. Lo que losdemás tenían por defectuoso en el carácter del indiano,
conceptuábaloella perfecciones. Adivinaba cierta armonía y parentesco entre su
propiocarácter y el de aquel señor tan callado y temeroso de todo; y cuandoAgustín se
le acercó, movido de un afecto amoroso, ella le esperaba,preparada también con un
afecto semejante.
Desde que se trataron un poco, vio la medrosa en el tímido, como se vela imagen
propia en un espejo, sentimientos y gustos que eran tambiénlos de ella. Sí, ambos
estaban, como suele decirse, vaciados en la mismaturquesa. Agustín, como ella, tenía
la pasión del bienestar sosegado ysin ruido; como ella aborrecía los dicharachos, la
palabreríainsustancial y las vanidades de la generación presente; como ella, teníael
sentimiento intenso de la familia, la ambición de la comodidad oscuray sin aparato, de
los afectos tranquilos y de la vida ordenada y legal.Sin duda él había sabido leer
cumplidamente en ella; pero Dios quiso queal repasar las páginas de su alma, viese
tan sólo las blancas y puras yno la negra. Estaba tan escondida, que ella sola podía y
debíaenseñarla, consumando un acto de valor sublime. El único medio dearrancar la
tal página era llegarse a Caballero y decirle: «No me puedocasar con usted... por esto,
por esto y por esto».
Cuando la infeliz llegaba a esta conclusión, que aunquetardía, daba, por ser
conclusión, algún descanso a sus torturas, parecíaque una sierpe le silbaba en el oído
estos conceptos:
«Oiga usted, señorita, y si está decidida a no aceptar la mano de esesujeto, ¿qué
papel hace usted tomando su dinero? Al día siguiente deaquella noche en que su
novio la acompañó hasta la puerta, usted recibióuna carta con billetes de Banco. No
eran los primeros que venían, perosí los más comprometedores. En esa carta decía,
niña sin juicio, que yala consideraba a usted como su esposa, y que por tanto debía
existirentre ambos franqueza y comunidad de intereses. Le enviaba a usted
unacantidad, y anunciaba repetir el obsequio todos los meses, hasta que secasara. Y el
objeto de estos auxilios era que su novia se preparasedignamente al matrimonio. Si el
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