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Tormento

«Hija, no sobes...».
—Dice Isabel que no quiere ir a jugar con Felipe; que prefiere jugarconmigo.
—¿Con que te descubres o no, mascarita? No sé a qué vienen esostapujos...
—Pronto te lo diré.
—Pues no sé... Ni que fuera delito—manifestó con repentina vehemenciala
Bringas, levantándose—. Yo he visto hombres topos, he visto hombrespesados,
hombres inaguantables; pero ninguno, ningunito como tú. Hija,vámonos de aquí;
llama a tu hermano. Esta casa me apesta con tantochirimbolo inútil. No, no me huele
esto a cosa buena. Y enresumidas cuentas, ¿A mí qué me importa? Ya puedes casarte
con unafuencarralera o con alguna loreta de París... Abur. Eso, eso; guardabien el
secreto, no sea que te lo roben. Así, callandito se hacen lascosas.
Y el más reservado de los hombres, al despedirla en la puerta, le dijodos o tres
veces:
«¡Mañana, mañana te lo diré!».
Y en efecto, a la mañana siguiente se lo dijo.
Por espacio de algunos minutos Rosalía se quedó como si le administraranuna
ducha con la catarata del Niágara.
«¡Con Amp...!».
No tenía aliento para concluir de pronunciar la palabra. Representose ala hija de
Sánchez Emperador disfrutando de los tesoros de aquella casasin igual, y consideraba
esto tan absurdo como si los bueyes volaran enbandadas por encima de los tejados, y
los gorriones, uncidos en parejas,tiraran de las carretas. Sus confusiones no se
disiparon en todo aqueldía; se le subió el color cual si le hubiera entrado erisipela,
yllevaba frecuentemente la mano a su cabeza, diciendo: «Parece que lestengo aquí a
los dos convertidos en plomo». Mas reflexionando sobre elperegrino caso, no acertaba
a explicarse el motivo de su despecho.«Porque a mí ¿qué me va ni me viene en
esto?... Conmigo no se había decasar, porque soy casada; ni con Isabelita tampoco,
porque es muyniña».
No veía la hora de que viniese Bringas para dispararle a boca de jarrola tremenda
nueva. También fue grande el asombro de D. Francisco. Suesposa, encolerizada,
dirigíase a él con impertinentes modos, como siaquel santo varón tuviera la culpa, y le
decía: «Pero ¿has visto... hasvisto qué atrocidad?
—Pero mujer, ¿qué...?
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