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Tormento

defendiéndola de los años, dábale una frescura que loenvidiarían otras que, a los
veinticinco y con un solo parto, parece quehan sido madres de un regimiento. Se
había oído comparar tantas vecescon los tipos de Rubens, que, por un fenómeno de
costumbre y deasimilación, siempre que se nombraba al insigne flamenco, le parecía
oírmentar a alguno de la familia... entiéndase bien, de la familia dePipaón de la Barca.
A principios de Noviembre, obligado Bringas, por las crecientesnecesidades de la
familia, a un aumento de local, se mudó de lacasa de la calle de Silva, en que había
vivido durante diez y seis años,a otra en lo más angosto de la Costanilla de los
Ángeles. La mudanza deuna casa en que había tan diversos objetos algunos de mérito,
dos o trescuadros buenos, bronces, espejos, guarda-brisas, y cortinajes riquísimosque
eran despojos de la ornamentación de Palacio, no se hizo sindificultades ni quebranto.
Con mucha razón repetía Bringas la exactafrase de Franklin: «tres mudanzas
equivalen a un incendio». Y se poníanervioso y airado viendo tanta cosa rota, tanta
rozadura, deterioros tangraves y en tanto número. La suerte era que allí estaba él
paracomponerlo todo. Los carros estuvieron trasportando objetos desde lasseis de la
mañana hasta muy avanzada la noche. Los zafios y torpísimosganapanes que hacen
este servicio trataban los muebles sin piedad, ytodo era gritos, esfuerzos, brutalidades
de palabra y de obra. Mientrasse verificaba la mudanza, Bringas desempeñaba por sí
mismo funcionesaugustas, propias de un amo hacendoso y listo. Ayudado de dos
personasde toda su confianza, esteraba y alfombraba toda la casa, porque no sefiaba
de los estereros asalariados, que todo lo echan a perder y no vanmás que a salir del
paso, haciendo mangas y capirotes. Después de biensentadas las alfombras
(ocupación que tiene la poca gracia depresentarnos a este dignísimo personaje
andando en cuatropies), se proponía colocar por sí mismo todos los muebles en su
sitio,armar las camas de hierro, colgar todo lo que debía estar en lasparedes, fijar lo
útil, distribuir con arte y gracia lo decorativo. Estatarea cansada y desesperante no se
realiza nunca por completo en dosdías ni en tres, pues aun después de que parece
terminada, quedan restosinsignificantes, que son tormento del aposentador en las
jornadassucesivas, y al fin de la fiesta siempre queda algo que no se coloca enla vida.
Es quizás gran contrariedad que la primera vez que nos encaramos coneste
interesante matrimonio sea en día tan tumultuoso como el de unamudanza, en medio
del desorden de una casa sin instalar y en el senosofocante de polvorosa nube. No es
culpa nuestra que la personarespetabilísima de D. Francisco Bringas resulte un tanto
cómica alpresentársenos dentro de un chaquetón viejo, con un gorro más viejo
aúnencasquetado hasta cubrir las orejas, la fisonomía desfigurada por elpolvo, los pies
en holgados pantuflos; a veces andando a gatas porencima de las alfombras para
medir, cortar, ajustar; a veces subiéndosecon agilidad en una silla, martillo en mano;
ya corriendo por aquellospasillos en busca de un clavo, ya dando gritos para que le
tuvieran laescalera.
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