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Thespis

presumiendo de noble y española,se inscribía en los programas
de los circos y teatros donde se lacontrataba como «domadora
de vampiros».
Hay que reconocer que los vampiros eran más verdaderos que
su nombre.Habíalos comprado en Argelia a un cazador
marroquí, y se exhibía enpúblico con ellos, en una gran jaula de
fieras, pretendiendo haberlosdomesticado y educado...
Sin embargo, los chupadores de sangre estaban muy lejos de
poseer ladócil inteligencia de tantos perros, focas o elefantes
«sabios». Apenassi reconocían a Catalina, su cuidadora, cuando
los llamaba por suspintorescos apodos: «¡Sanguijuela!...
¡Borracho!... ¡Lucifer!...» Eléxito de la domadora, harto dudoso
por cierto, extribaba más bien en unadanza serpentina que
bailaba dentro de la jaula, envuelta en negroscrespones.
Mientras torrentes de luz roja y azul le daban
maticesfantasmagóricos, revoloteaban a su alrededor,
electrizados por su vozaguda y dominante, los enormes
murciélagos hambrientos, ávidos desorberle la sangre bajo su
piel pintada y sudorosa.
Pronto se cansó el público parisiense de Catalina y sus
vampiros. Sehacía necesario inventar cuanto antes otra cosa,
porque los empresariosno se arriesgaban ya a contratar un
espectáculo tan gastado, y ella nose decidía a abandonar su
querido París...
Mejor dicho, su marido o amigo, el lindo Raguet, era quien no
lepermitía abandonar a París. Este Raguet era un parisiense
incurable. Noconcebía la vida sino vagando por los bulevares,
teatro de sus fácilesconquistas...
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