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Thespis

Indigentemente cuidado por manos mercenarias, más
envejecido que viejo,se moría Cervantes. Buen cristiano,
despedíase del mundo con laconciencia limpia, después de
recibir los últimos auxilios de lareligión. Y, aunque sólo
agonizante, por muerto habíanle dejado en lasórdida guardilla.
No estaba todavía muerto, no, si es que él podría morir alguna
vez. Ensu imaginación febricitante pululaban sus recuerdos, casi
todos delágrimas y amargura. Rememoraba envidias, pobrezas,
calumnias,prisiones... Pero, ¿cómo? ¿qué no había tenido él
ninguna dicha en lavida?... ¡Ah, sí! La tuvo, sí, la tuvo, cuando
en sus horas solitariasviviera el mundo de su fantasía que
describió en sus libros. ¡Feliceshoras aquellas en que la fiebre de
la concepción lo levantaba a unaesfera tan superior a las
humanas miserias! Bien dijo entonces: «Para mísólo nació don
Quijote y yo para él...» Bien dijo entonces, asimismo,como
alguien le tildara de envidioso: «Descríbaseme la envidia, que
yono la conozco». En cambio, otros, y bien ilustres, la conocían
por él...
No estaba todavía muerto, no, pues que pensaba... Y sintió que
se abríauna puerta y entraban en tropel, como legión de
espectros, conocidísimasfiguras...
Venía adelante don Quijote de la Mancha, seguido de su
escudero SanchoPanza; luego el bachiller Sansón Carrasco, el
cura, el barbero, Dulcineadel Toboso, Teresa Panza, Camacho,
la dueña Rodríguez, los duques... Ytambién Persiles y
Segismunda, Rinconete y Cortadillo, la Gitanilla...En fin, toda la
caterva de los personajes que aparecían en sus obras...
Don Quijote, como jefe de la caterva, acercándose al mísero
lecho, lanzaen ristre y visera caída, habló primero:
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