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Thespis

—No, hijo mío. Esas flores las puso la madre de Lita, que
estuvo aquíantes que nosotros; no lo dudes.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy tu madre.
Ramón se arrodilló, se persignó y dejó sus rosas blancas junto
a lasotras flores. Hubiera querido quedarse allí mucho rato, pues
le parecíaestar en la casa de Lita, que era un poco como su
casa... Mas su madrelo apremió a que se despidiera; debían
volverse porque era tarde...Entonces Ramón quiso llevarse,
como recuerdo, un flor de la tumba deLita...
Ella era tan generosa que me las daría todas si yo se las
pidiera—dijocon los ojos llenos de lágrimas.
Su madre le prohibió que tomara la flor, porque las flores de
losmuertos traen desgracia...
—Las flores de Lita—imploró todavía Ramón,—a mí no
pueden traermedesgracia, sino hacerme bueno, porque ella es
como mi ángel de laguardia...
—No importa, hijo mío—concluyó su madre.—Las flores de
los muertosson para los muertos.
Oyendo esto, Ramón se arrodilló por despedida ante el umbral
delsepulcro, donde dejaba enterrados sus castos sueños de
adolescente.Instintivamente acercó sus labios a un manojo de
no-me-olvides que sedestacaba entre las flores de la niña
muerta... Y al besarlo creyó besarlos ojos de Lita, creyó besar
por primera y última vez los ojos azulesde Lita.
LA AGONÍA DE CERVANTES
 
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