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Thespis

comisario. ¡Era laprimera vez que Pepa le desobedecía! Púsose
tan furioso, que tomó lapala allí tirada, y pegó a la mujer el
mismo golpe que antes pegase aPeñálvez. La Pepa cayó como
muerta, y él la arrojó, refunfuñando, en lamisma fosa de
Peñálvez, todavía destapada.
Acostose de nuevo; pero no podía dormirse. ¡Había cometido
una granestupidez! ¡Ahora que la borrachera se le despejaba un
poco, ibacomprendiéndolo. La Pepa le vendía a los isleños los
cueros de lasnutrias y las plumas de los mirasoles que cazara. La
Pepa le comprabalas provisiones. La Pepa le hacía la comida...
¿Qué haría él ahora sinla Pepa?
Ocurriósele que la gallega podría no estar muerta, y sólo
desmayada,como que no se la había aún cubierto la tierra. Por
eso fue a sacarla dela fosa y la tendió en el rancho. Rociole la
cara con agua fría, ledesprendió la bata y le volcó en la boca las
últimas gotas delaguardiente de caña que quedaban en el porrón.
Pero su corazón parecíano latir de nuevo, ella no recuperaba la
vida. Irritado por esaobstinación de morirse, le dio un puntapié,
se acostó otra vez bajo suraído poncho y a los pocos instantes
irrumpió en ronquidos...
Sin embargo, la mujer no estaba más que desvanecida.
Incomodada por lashormiguitas que invadían su cuerpo e iban a
libar en ciertas secrecionesde sus ojos, a media noche ya, hizo
un esfuerzo, se apoyó sobre susmanos, se sentó, se puso de pie.
Tomó agua de una vasija, se cerró labata, se arregló el
enmarañado cabello y miró al Chucro con una supremamirada
de amor y de miedo, castañeteándole los dientes. Con
grandesprecauciones para no despertarlo, metiose bajo su
poncho, se acostó a sulado, apoyando la cabeza contra su
pecho...
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