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Thespis

y de tanto plebeyo blasonado por eldinero y la vanidad. No
olvides jamás lo que a ti mismo te debes, y atus gloriosos
predecesores. Ellos fueron virreyes, generales, cardenalesy hasta
reyes y santos; conquistaron tierras para su patria, laurelespara
sus sienes y almas para el cielo. En nuestros tiempos tu
acciónserá forzosamente más reducida y simple. Tu vida, pura y
retirada, nosólo será ejemplo de verdaderos hidalgos, sino
también muda protestacontra estos tiempos corrompidos y
vulgares.
Así dijo, en el tono austero y profético de una sibila. Y sin
más,permitiendo apenas que por toda despedida el joven
besararespetuosamente su mano de abadesa, cubriéndola de
lágrimas, se retiródel mundo.
Pablo, Pablito, como ella cariñosamente le llamara, quedó
solo. Aunqueemparentado con los mismos Borbones y con toda
la nobleza antigua, nomantenía con sus parientes más que
ceremoniosas relaciones de etiqueta;chocábale la excesiva
familiaridad propia de las cortes modernas.Reservando en el
fondo de su corazón tesoros de ternura, creía torpederrocharlos
en afectos pasajeros y advenedizos. Por eso vivía retraídoy hasta
huraño, en su palacio de familia.
Era éste, más que palacio, convento, por su arquitectura sobria
y macizay por sus vastas dimensiones. El ala central había sido
levantadadurante el reinado de Carlos III, en un extremo de la
calle del ReyFrancisco, que pertenecía entonces a los suburbios
de Madrid. Completadoy reconstruido luego, era todavía
grandiosa morada.
Por las muchas deudas que contrajera el último duque de
Sandoval, viejoy disipado solterón, tío del heredero, el palacio
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