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Thespis

los«cristianos». De otro modo no podría explicarse la súbita
desapariciónde dos o tres peones que vigilaran nocturnamente
en los campos ribereñosla hacienda, por orden de sus dueños.
Hasta una mujer, «Pepa laGallega», la cocinera del estanciero
don Lucas, habíase también esfumadouna noche, como llevada
por el diablo...
El diablo debía andar sin duda metido en el asunto. Sería el
padrino oel compadre del ogro...
Y como tenía padrino, tenía también el ogro su nombre
propio.Llamábasele «el Chucro», sin que nadie supiese quiénes,
cuándo y cómo lobautizaran.
De todos los robos del Chucro ninguno consternó más que el
de Pepa laGallega. Su marido y sus hijos ayudados por los
gendarmes, buscáronlasin descanso, hasta en las islas más
próximas a la costa. No se la hallóni viva ni muerta, y diósela
por muerta.
Como las desapariciones de reses, ya que no de personas
humanas,continuaran impunemente durante todo el año, los
estancieros apremiarona la policía para que diese una nueva
«batida» en las islas. Buenosburgueses comerciantes, ellos no
creían en las supersticiones populares.Para ellos, el Chucro, si
existiese, era un hombre mortal, de carne yhueso, y no el
espeluznante fantasma que se figurara la imaginacióngauchesca.
Especialmente encargado por el jefe de policía de la provincia,
elcomisario Rodríguez fue a revisar prolijamente las islas donde
debíahabitar el ogro. Acompañábalo un corto piquete de cuatro
o cincohombres. Todos iban murmurando. ¿Para qué desafiar al
diablo, o alahijado del diablo? ¡Nada más vano que luchar
contra vestiglos yfantasmas!
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