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Thespis

El fraile dijo:
—«Exi, Luthere!»
Y un tercero y último murciélago surgió, revoloteando en
ampliaelipsis, hasta perderse en la sombra... Era el espíritu de
Lutero.
Entonces la reina se arrodilló otra vez, volviendo en sí. El
fraile labendijo y colocó sobre su cabeza una como diadema de
estrellas.
—Ya estás purificada, Ena de Battenberg. Ahora puedes ser
reina deEspaña, reina Victoria. En nombre del monje imperial
de San Yuste y deFelipe, su hijo, yo os bendigo. ¡Que Dios os
guarde en su santa graciacon vuestro digno esposo, Alfonso rey!
Como un inmenso murmullo de marea, todas las bocas
confirmaron a coro:
—Amén.
La reina se levantó, y se sentó en el trono, junto al
rey,resplandeciendo de santidad y de hermosura. Y en la
atmósfera vibró uncoro de invisibles ángeles, mientras se
retiraban lentamente el graninquisidor de Felipe II y sus demás
acompañantes, de vuelta al palaciode la calle del rey Francisco.
Y las cinco figuras volvieron a sus respectivos cuadros,
sepultando enun silencio eterno este acontecimiento inaudito.
Nadie dirá nunca nadade él, porque su propio recuerdo se
desvaneció milagrosamente de lamemoria de quienes lo
presenciaran. Si alguno vislumbra vagamente algo,lo desecha
como reminiscencia de inoportuna y trágica pesadilla. Lahistoria
lo ignorará siempre, ¡la Historia, la ignorante ineducable,
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