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Thespis

—¡Sois unos cobardes y unos canallas!... ¡Al primero que diga
unapalabra a monsieur Jaccotot, le rompo las muelas!...
Como Marcelo Valdés era, no sólo el primero, sino también el
mayor y elmás fuerte, se hizo una pausa... Felizmente, sonó en
ese momento lacampana anunciando la terminación de la clase...
Al oír la campana, monsieur Jaccotot pareció sacudirse y
despertar de unsueño... Dejó sobre la mesa el cuaderno... Sacó el
pañuelo del bolsillofaldero del jaquet, pasóselo por la cara,
guardolo de nuevo, y salió sindecir palabra... Era la primera vez,
en sus doce años de enseñanza en elcolegio, que se olvidaba de
marcar la lección para la clase siguiente,antes de irse...
Los muchachos lo siguieron, y entonces pasó una cosa
extraordinaria, unacosa realmente extraordinaria... Viéronle
alejarse por los corredorescon la punta del pañuelo blanco
asomando indiscretamente por el bolsillode los faldones del
jaquet... Aquel trapo cómico hacía pensar que sehubiese subido
apresurado los pantalones en algún gabinete higiénico,dejando
fuera una punta de las faldas de la camisa... El trapo blanco
semovía conforme caminaba, como una cola sainetesca... ¡Y
nadie, ni PericoSosa, nadie se rió!
EL CANTO DEL CISNE
I
Tan notables fueron los primeros exámenes de derecho
rendidos porJuanillo Simplón, que él, su padre, su madre, su tía,
su abuelita y supadrino, todos de común acuerdo y sin la menor
discrepancia, resolvieronque era un futuro hombre de genio.
Juanillo Simplón sabía—¿quién no lo sabe?—que cada futuro
hombre degenio demuestra desde chiquito sus geniales
 
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