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Thespis

Observando la felicidad de sus hijos Cristela llegó a ser una
viejitamuy pulcra, que hilaba para sus nietos de la mañana a la
noche en unarueca de plata.
Mientras hilaba inventó un aforismo que haría enseñar en
todas lasescuelas del reino. Decía así: «El amor que entra por los
ojos, seescapa por los ojos, porque, los ojos son dos ventanas
que están siempreabiertas. El amor que se refugia en el alma, en
el alma queda, porque elalma es una torre cerrada.»
Y al inventar el aforismo, recordó a Bob el enano. Con ser un
sabio, élla había engañado miserablemente, favoreciendo su
desgraciado casamientocon el príncipe de Marruecos.
Como si la oyera, apareció una última vez Bob y le dijo:
—¿De qué te quejas, Cristela?... Ningún mortal puede ser del
todofeliz, y tú has pagado, con la desgracia de tu juventud, la
felicidad detu vejez. Debes estar contenta. Aunque tu
experiencia no te aprovecharaa tí, ha aprovechado a tu hijo, a
quien quieres más que a tí misma... ¡Yno puedes reprocharme
que te aconsejara mal por malicia o mala voluntad!Te aconsejé
como pude y como supe. Si me equivoqué, merezco tu perdón.
Cristela paró la rueca, suspiró, y repuso, con más tristeza
queamargura:
—¿Para qué te sirve entonces tu sabiduría, Bob? ¡Linda cosa
es sersabio!
Bob se sonrió, tirose de la larga barba blanca, como
acostumbraba, ydijo:
—Ser sabio... es tener el derecho de equivocarse.
LA TIRANÍA DEL BRIDGE
 
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