Y mientras ella, sin pensar en que le tenía allí, devoraba con los ojosa la tiple y al barítono,
Bonis paseaba la mirada triste, seria ytiernamente curiosa, del rostro pálido, ajado de su esposa,
al vientreque una vez había engañado sus esperanzas; y oyendo, sin comprenderla enaquel
momento, la música romántica del dúo, se dijo entre dientes:
—No importa...; más vieja era Sara.
Terminó el concierto a la una de la madrugada, y como era costumbre enel pueblo, en vez de
disolverse la reunión, se pusieron a bailar losjóvenes con el mayor ahínco, muy a placer de las
señoritas, que sólotoleraban dos o tres horas de música con la esperanza de estar bailandootras
dos o tres horas. Emma no pensó en retirarse mientras quedase allíalma viviente. En cuanto a
Marta Körner, estaba demasiado ocupada parapensar en el tiempo. ¡Íbale tanto en perseguir las
fieras, es decir, enla caza mayor a que se había entregado en cuerpo y alma, que ya ni veíani oía
lo que estaba delante; para ella no había en el mundo más que suD. Juan Nepomuceno, con sus
grandes patillas! Desde antes de terminar elconcierto habían hecho rancho aparte, en un rincón
de la sala; y allíestaba la alemana enseñándole el alma, y un poco, bastante, de lablanquísima
pechuga, al acaramelado mayordomo, futuro administrador dela fábrica de productos químicos.
Körner, aunque muy metido enconversación con Mochi primero y después con el Gobernador
militar y elIngeniero jefe de caminos, vigilaba desde lejos, muy satisfecho de laconducta de su
hija. Muy de corazón aplaudió la habilidad y delicadezaque demostró su digno vástago cuando
uno, y dos y tres jóvenes de lo másdistinguido de la sociedad, se acercaron a ella solicitando el
favor deun vals o cosa parecida, y fueron cortés y fríamente despedidos por larobusta alemana,
que no bailaba porque... aquí una disculpa torpementezurcida, pero mal compuesta con toda
intención. A Nepomuceno había queponerle las cosas muy claras; y Marta, aun a riesgo de
molestar a losbailarines, tal vez contenta con molestarlos, porque aquello venía a serun anuncio,
dejaba ver con gran transparencia el verdadero motivo de losdesaires que se veía obligada a dar;
a saber: que era más importantepara ella hablar con Nepomuceno que andar por allí dando saltos
ydespertando, el diablo sabría qué apetitos, en aquella juventud lucida ygeneralmente colorada,
gracias a la mucha sangre.
Nepomuceno, que a la segunda negativa de Marta, acompañada de una miraday una sonrisa de
inteligencia para él, acabó de comprender, agradeciócon todas sus entrañas el sacrificio que en
su favor se hacía; y sehubiera derretido de gusto, a no estarlo ya, gracias a la
proximidadvertiginosa de la alemana y a las cosas espirituales y no espiritualesque ella le estaba
diciendo; y, sobre todo, gracias a ciertos tropezonesque de vez en cuando, bastante a menudo,
daban las rodillas con lasrodillas.
«¡Qué elocuencia... y qué calor natural despedía aquella mujer!» pensabadon Juan, aplicando
el mismo verbo al calor y a la elocuencia.
Marta hablaba del ideal, de todos los ideales; pero se las arreglaba demanera que en su
disertación se mezclaban, por vía de incidentes,descripciones autobiográficas que se referían casi

