Hubo un silencio que no se empleó más que en mirarse los ojos a losojos, y en gozar ambos
del dolor del cuello de Bonis doblado haciaatrás. Emma le soltó para decir, poniéndose en pie:
—Mira, mira, yo soy la Gorgheggi o la Gorgoritos, esa que cantaba hacepoco, la reina
Micomicona; sí, hombre, esa que a ti te gusta tanto; ypara hacerte la ilusión, mírame aquí, aquí,
aquí tontín; granuja, aquíte digo... las botas lo mismo que las de ella; cógele un pie a
laGorgoritos, anda, cógeselo; las medias no serán del mismo color, peroestas son bien bonitas;
anda, ahora canta, dila que sí, que la quieres,que olvidas a la de Francia y que te casas con ella....
Tú te llamas,¿cómo te llamas tú?... Sí, hombre, el barítono te digo.
—Eso, Minghetti, tú eres Minghetti y yo la Gorgoritos.... Minghetti de mialma, aquí tienes a
tu reina de tu corazón, a tu reinecita; toma, toma,quiérela, mímala; Minghetti de mi vida, Bonis,
Minghetti de misentrañas....
«Pero, oiga usted, señor matamoros; si usted quiere que sea suya parasiempre su señora reina
de las botas nuevas, apague esas luces deltocador y véngase de puntillas, que puede oírle
Eufemia, que ahoraduerme ahí al lado».
Bonifacio Reyes era admirador del arte en todas sus manifestaciones,según él se decía; y
aunque la música era la manifestación predilecta,porque le llegaba más al alma, con una
vaguedad que le encantaba y queno le exigía a él previo estudio de multitud de ideas concretas
quedebían de andar por los libros de facultad mayor; y aunque la susodichamúsica era el arte que
él mejor poseía, merced a sus estudios de solfeoy de flauta, no había dejado de ejercitarse en una
u otra época de suvida, sin pretensiones, por supuesto, en cuanto mero aficionado, enotros
medios humanos de expresar lo bello. La poesía le parecía muyrespetable, y sabía de memoria
muchos versos; pero las dificultades delconsonante siempre le habían retraído del cultivo de las
musas;despreciaba, porque su sinceridad de hombre de sentimiento y deconvicciones no le
permitían otra cosa, despreciaba los ripios y hastalos consonantes fáciles; y así, las pocas veces
que había ensayado lagaya ciencia, se había ido derecho al peligro, a la rima difícil; yhasta
recordaba que la última vez que había arrojado la pluma con elpropósito de no insistir en
versificar, había sido con motivo de quererescribir un soneto a un señor Menéndez, que había
fundado una obra pía.
La palabra principal, se decía Bonis mordiéndose las uñas, es, según lasretóricas y poéticas
que yo he leído, la que debe terminar el verso;aquí lo más importante, sin duda, es el apellido del
fundador y la obrapía: pues bien; para pía hay millares de consonantes, pero a Menéndez yono se
lo encuentro. Y antes que relegar a Menéndez a un lugar del versoindigno de su filantropía,
prefirió renunciar al soneto.

