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Vino el día y se durmió la triste pareja. A las diez despertó Emma, seacordó de todo, sonrió
como una gata lo haría si pudiera, y dio a sumarido un puntapié en la espinilla, diciendo:
—Bonis, levántate, que va a venir Eufemia.
Eufemia era la doncella que debía traerla el chocolate a Emma a las diezy cuarto en punto. No
quería que la chica se enterase de que elmatrimonio había dormido de aquella manera.
Cuando Bonis abrió los ojos a la realidad, como se dijo a sí mismo a lospocos segundos de
despierto, lo primero que hizo fue bostezar, pero losegundo... fue sentir una sed abrasadora de
idealidad, de infinito, deregeneración por el amor, y además sed material no menos intensa,
ygrandísimos deseos de seguir durmiendo. Por lo demás, no quería pensaren su situación; le
horrorizaba, por varios conceptos. Sideo, se leocurrió decir acordándose de una de las siete
palabras del Mártir deGólgota, como él llamaba a Nuestro Señor Jesucristo; pero como
Emmarepitiese el puntapié con el pie desnudo en el hueso de la piernaderecha, Bonis tradujo su
exclamación, diciendo: «Tengo mucha sed....¡algo líquido, por Dios!... ¡aunque sea jarabe!...».
—¡Oye, tú!; ¿sabes lo que te digo? Que te levantes antes que venga lachica... si tú no tienes
vergüenza, la tengo yo....
Y con aquella actividad y energía que caracterizaban a Emma y que habíanhecho pensar mil
veces a Bonis que su mujer hubiera sido un magníficohombre de acción, un político, un capitán,
digo que usando de estascualidades, la esposa arrojó al esposo del tálamo a patada limpia.
Notuvo más remedio Reyes que vestirse provisionalmente deprisa ycorriendo, y salir del cuarto
de su media naranja sin más explicaciones:medio desnudo, descalzo, pues llevaba las botas en
las manos (¿cómocalzar botas y no zapatillas al levantarse de la cama?), fue tropezandocon todo
por los pasillos, atravesó el comedor, bebió en un vaso de aguaolvidado allí la noche anterior,
llegó a su cuarto, se desnudó deprisa ymal, rompiendo botones; y en cuanto se vio en su lecho,
en aquel que éltenía por propiamente suyo, pensó en entregarse a la reflexión y a
losremordimientos de varias clases y harto contradictorios que leasediaban; pero la parte física
pudo más; y la dulce frescura de la camatersa, la suavidad del colchón bien mullido, le arrojaron,
como sirenasvencedoras, en lo más hondo del mar del sueño, haciendo rodar sobre sucabeza olas
de reposo y olvido.
-IX-
Durmió como un muerto, pero no mucho. Como un resucitado volvió a lavida haciendo
guiños a la luz cruda de un rayo del sol del mediodía, quepor un resquicio de la ventana mal
cerrada, se colaba hasta la punta desus narices, hiriéndole además entre ceja y ceja.
Aquel rayo de luz le recordaba los rayos místicos de las estampas de loslibros piadosos; él
había visto en pintura que a los santos reducidos aprisión, y aun en medio del campo, les solían
caer sobre la cabeza rayosde sol por el estilo del que le estaba molestando. Si él fuese
idólatra(que no lo era), vería en aquello la mano de la Providencia. No eraidólatra, pero creía en
el Hacedor Supremo y en su justicia, que teníapor principal alguacil la conciencia.
 

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