Una maritornes sucia y muy gorda presentó el agua con un panal de azúcarcruzado sobre el
vaso.
—Gracias; sin azúcar. Nunca tomo azúcar en el agua. Gracias.
Esto lo decía Bonis con los ojos estúpidos clavados en el rostro risueñoy soez de la moza; lo
decía con una voz y un tono como los que empleanlos cómicos al despedirse del pícaro mundo al
final de un tercer acto,cuando están con el alma en la boca y un puñal en las entrañas.
El agua le calmó y dio cierta fuerza. Pudo levantarse y despedirse. Nopensó en dar
explicaciones ni disculpas. Su silencio era muy ridículo,es claro. ¿Qué estaría pensando aquel
señor? Lo menos, que él estabaloco. Bien, ¿y qué? Valiente cosa le importaba en aquel momento
a Bonisque se riera de él el mundo entero. ¡Nepomuceno había pagado los seismil reales! Esto,
esto era lo terrible. ¿Volvería a casa? ¿Se escaparía?
Viéndole tan conmovido, D. Benito, el Mayor, no quiso hablar una palabramás sobre el asunto
misterioso; sin tirarle de las orejas ni andarse concuchufletas, le despidió muy serio, con rostro
compungido comoacompañándole en una desgracia tan respetable cuanto desconocida paraél; y
después de conducirle hasta el primer tramo de la escalera, sevolvió a su despacho. Sólo
entonces se le ocurrió esta diabólica idea:
—Aquí hay gato, es claro; a mí no me importa; pero si... es unahipótesis, si hubiera podido
haber un medio... así... verosímil....legal... de... de cobrar yo mis seis mil reales, al tío primero,
ydespués otros seis mil al sobrino.... Disparate, absurdo; corriente; perohubiera tenido gracia.
Y dando un patético suspiro, se frotó las manos; y renunciando al idealde cobrar dos veces, no
pensó más en aquello y volvió a sus negocios.
En cuanto a Reyes, al llegar al portal, donde trabajaba y comía unzapatero de viejo, tuvo
varias ideas y un desmayo. Las ideas fueron lassiguientes: «Ese farsante de ahí arriba me ha
engañado, he debido tenervalor para acogotarle, o, por lo menos, para decirle cuántas son
cinco.Miente como un bellaco; el tío Nepomuceno ha pagado porque este traidorno se fiaba de
mí; me conoció en la cara que yo no podía sacar deninguna parte seis mil reales y se fue al otro...
y cantó... Verdad esque yo no le había encargado el secreto. Pero se suponía que lonecesitaba;
debía de conocérseme en la cara; y a él acudí por su fama dediscreto, de hombre de mucho
sigilo.... Voy a volver arriba a matarle,exprofeso...».
Y cuando pensaba en esto, fue cuando sintió absoluta necesidad dedejarse caer. Cayó sentado
en el portal y se le fue la cabeza. Elzapatero acudió en su auxilio. Cuando volvió en sí Reyes,
sintió, comola noche anterior, que le regaban la cara con agua fresca. Y mediodelirando, dijo:
—Gracias... sola, sin azúcar.
