mañana siguiente tenían los dosque cambiar de vida, había que poner puntales a la casa, y esto
noadmitía espera....
«En adelante, menos cavilaciones y más acción. Se trata de mi hijo. Seréel amo, seré el
administrador de nuestros bienes. ¿Y la fábrica, esafábrica en que ni siquiera sé a punto fijo lo
que hacen? Allá veremos.¡Oh, señor don Juan, mi querido Nepomuceno, habrá escena, ya lo sé,
peroestoy resuelto! Venga la escena. Pero todo eso, mañana. Ahora, loinmediato; el acto varonil,
digno de un padre, que correspondía aaquella noche, era... despertar a Emma, enterarla de todo».
Pero Emma despertó sin que nadie se lo rogase, y Bonis no tuvo tiempopara atreverse a
abordar la cuestión del secreto descubierto: su mujerle insultó, como en los tiempos clásicos de
su servidumbre, porqueestaba allí papando moscas. Le arrojó de la alcoba a gritos, le hizollamar
a Eufemia y le dio, por mano de la doncella, con la puerta en lasnarices.
«También aquello tenía que concluir, pero... después del alumbramiento.Había que evitar el
aborto; nada de disgustarla.... En pariendo... y encriando... si criaba ella, como él deseaba, se
hablaría de todo; severía si un Reyes podía ni debía ser esclavo de una Valcárcel.
»Sin embargo, debo volver a entrar, con los mejores modos, paraanunciarle el peligro...».
Levantó el picaporte de la puerta que se le acababa de cerrar..., perovolvió a dejarle caer.
Se sentía muy débil. No había cenado. Veía chispitas rojas en el aire.Había que tomar algún
alimento y dejarlo todo para mañana. Ya era, asícomo así, muy tarde. Lo malo estaba en que no
tenía apetito, aquelapetito que él perdía difícilmente.
Tomó dos huevos pasados por agua, y acabó por acostarse. Tardó mucho endormirse; y soñó,
llorando, con Serafina, que se había muerto y lellamaba desde el seno de la tierra, con un frasco
entre los brazos. Elfrasco contenía un feto humano en espíritu de vino.
Emma defendió su esperanza de que el médico se equivocara, todo eltiempo que pudo, y con
multitud de recursos de ingenio. En el asunto dela probanza que se sacaba de intimidades que
ella tenía que confesar,intimidades que, por regla general, eran prueba plena, alegaba
comoexcepción su extraña naturaleza, enemiga de todo ritmo en los fenómenosfisiológicos más
corrientes. Pero su gran argumento consistía enpresentarse de perfil:
—¿Ven ustedes? Nada. Y se apretaba el corsé más y más cada día, sinmiedo, despreciando
consejos de la prudencia y de la higiene. Se portabacomo una pobre doncella para quien dejar de
serlo fuera una granvergüenza, y que quisiera esconder la prueba de su ignominia.
La murmuración de sus amigas se equivocaba al ver un fingimiento en estaoposición terca de
la Valcárcel a la fatalidad de las cosas; no, no lahalagaba ser madre a tales horas; el terror del
peligro, que le parecíasupremo, no le dejaba lugar para vanidades de ningún género.
Laenfermedad, la muerte..., eso, eso veía ella. «Yo no podré parir; me loda el corazón. Yo no
