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Su Único Hijo

siempre al actosolemne de mudarse ella de ropa, o a estar en su lecho, medio
dormida....desvelada.... Ello es que Nepomuceno supo aquella noche, v. gr., queaquella señorita
había leído una cosa que se llamaba la Dramaturgia deHamburgo, de Lessing, y que, tanto como
el autor del Laoconte, legustaban a ella las medias muy ceñidas, atadas sobre las rodillas y
decolor gris perla. Lo más tierno fue la historia de las queridas deGoëthe, tema que tenía muy
preocupada a la de Körner desde muchos añosatrás. El noble orgullo de Federica Brion, que no
quiso casarse nunca,porque nadie era digno de la que había sido amada por Wolfgang, lopintaba
Marta con un calor sólo comparable al que despedían sus propiasrodillas. Nepomuceno,
confundiendo las cosas, y hasta las facultades delalma, se llegó a figurar que los genios alemanes
eran unos sátrapas quese pasaban la vida despreciando a los seres vulgares y manoseando
losmejores bocados del eterno femenino. Cuando llegó lo de las madres deltantas veces citado
Goëthe, Nepo no podía menos de figurarse las talesmadres como unas ubérrimas amas de cría.
De todas suertes, y fuera loque fuera de Heine y de la Joven Alemania, él estaba que ardía... y
atanta ciencia y poesía y contacto de piernas, sólo se le ocurríacontestar lo que, sin saberlo él,
Nepomuceno, contestaba aquel personajede la comedia titulada: «De fuera vendrá...». Quiere
decirse, que al tíomayordomo no se le venía a la boca más que la solemne promesa de
futuro,pero muy próximo matrimonio.
Emma, siguiendo el ejemplo de algunas otras casadas, que bailabantambién, aceptó unos
lanceros a que la invitó el presidente del Casino,y poco después bailó con Minghetti una polca
íntima, género dedesfachatez tolerada que empezaba entonces a hacer furor y no pocosestragos
morales.
La polca íntima de Minghetti fue para ella una revelación. El barítono,que no había perdido la
pista a la afición que le había demostradoaquella señora en paseo, en misa, en la calle, por medio
de miradasincendiarias, aquella noche acabó de comprenderlo todo, y formó un plande
seducción, que le convenía desde muchos puntos de vista. Empezó amarearla con miradas y
lisonjas allí, junto al piano, durante elconcierto; y al atreverse a invitarla nada menos que para
bailar unapolca de aquellas condiciones coreográficas, jugó el todo por el todo.Aceptada la
polca, ya sabía él lo que le tocaba hacer; y mientras lasrodillas hablaban el lenguaje de las de
Marta Körner, aunque sincolaboración de los clásicos alemanes, él, allá en sus adentros,
seentregaba a proyectos y cálculos en que había hasta números. Medio enserio, medio en broma,
se declaró a Emma mientras daban vueltas por elsalón; y ella, muerta de risa, muy contenta,
nada escandalizada, lellamaba loco, y se dejaba apretar, como si no lo sintiera, como si suhonra
estuviese por encima de toda sospecha y no debiera parar mientesen aquellos estrujones
fortuitos. Le llamaba loco, y embustero, ybromista; pero cuando, después de la polca, se sentaron
juntos, en vezde incomodarse por la insistencia del cantante, se quedó un poco seria,suspiró dos
o tres veces, como una doncella de labor no comprendida, yacabó por ofrecer a Minghetti una
amistad desinteresada; pura amistad,pero leal y firme. Entonces el barítono, que no echaba nada
en sacoroto, sin dejar el tema de su pasión incandescente, mezcló en lasvariaciones del mismo
una discretísima narración de los apuros de suvida económica y la de sus compañeros. A
Minghetti, que era un bohemio,sin saber de tal epíteto, no le daba vergüenza hablar de su
pobreza, nide las trazas picarescas a que había recurrido muchas veces para salirde atrancos.
Comprendía él que parte del encanto de su persona,irresistible para muchas mujeres, consistía en
su misma vidadesarreglada, de aventurero simpático, generoso, alegre, casi infantil,pero poco
escrupuloso, como no fuera en puntos de galanteo y devalentía. Enseguida noto que en Emma
este elemento de seducción era delos que producían más efecto; ella misma le confesó que había
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