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Su Único Hijo

Emma consiguió que se prescindiera tambiénde la suya. Y el tío, sin que lo supiera nadie más
que él y la sobrina,dejó de rendir cuentas de gastos y de ingresos a bicho viviente. Cadacual
firmaba lo que tenía que firmar, sin leer un renglón ni una cifra,y no se hablaba del asunto.
Dos preocupaciones cayeron después sobre el ánimo encogido de Bonifacio:la una era una
gran tristeza, la otra una molestia constante. Del malparto de su mujer nacían ambas. La tristeza
consistía en el desencantode no tener un hijo; la molestia perpetua, invasora, dominante,
proveníade los achaques de su mujer. Emma había perdido el estómago, y Bonifaciola
tranquilidad, su musa. El carácter caprichoso, versátil de la hija deD. Diego, adquirió
determinadas líneas, una fijeza de elementos quehasta entonces en vano se pretendía buscar en
él; ya no fue mudableaquel ánimo, no iba y venía aquella voluntad avasalladora, peroinsegura,
de cien en cien propósitos. Emma, con una seriedad extraña enella, se decidió a ser de por vida
una mujer insoportable, el tormentode su marido. Si para el mundo entero fue en adelante seca,
huraña, laflor de sus enojos la reservó para la intimidad de la alcoba. Molestabaa su esposo como
quien cumple una sentencia de lo Alto. En aquellapersecución incesante había algo del celo
religioso. Todo lo que lesucedía a ella, aquel perder las carnes y la esbeltez, aquellas
arrugas,aquel abultar de los pómulos que la horrorizaba haciéndola pensar en lacalavera que
llevaba debajo del pellejo pálido y empañado, aquel desganotenaz, aquellos insomnios, aquellos
mareos, aquellas irregularidadesaterradoras de los fenómenos periódicos de su sexo, eran otros
tantoscrímenes que debían atormentar con feroces remordimientos la concienciadel mísero
Bonifacio. «¿No lo comprendía él así?». No. Su imaginación nollegaba tan lejos como quería su
mujer. Él no pasaba de confesar quehabía sido un ingrato para con D. Diego dejándose robar por
su hija. Detodo lo demás no tenía él la culpa, sino Emma o el diablo, que secomplacía en que él
no tuviese hijos, ni su mujer las necesariascondiciones para ser como todas las hembras. En
cuanto se quedaban solosen la habitación de la enferma, ella cerraba la puerta con estrépito,
yacto continuo se oía la voz chillona, estridente, que gastaba las pocasfuerzas de la anémica en
una catilinaria de cuya elocuencia y facundiano era posible dudar. La disputa, si a estas verrinas
se les podía dartal nombre, solía comenzar por una consulta médica.
—Me sucede esto—decía ella—, y hablaba de sus irregularidades íntimas;¿qué te parece que
será? ¿Qué debo hacer? ¿Continuaré con talmedicamento o tendré que suspenderlo?
Bonifacio palidecía, la saliva se le convertía en cola de pegar... ¿Quésabía él? Compadecía a
su esposa (por supuesto, mucho menos que a símismo), pero no sabía ni podía saber lo que la
convenía; es más, nisiquiera tenía una idea exacta de los males de que ella se quejaba;estaba
seguro de que tenían cierta gravedad y de que eran origen de lapropia desesperación, porque le
cerraban la esperanza de ser padre, detener hijos legítimos; pero de medicamentos y pronósticos
¿qué podíadecir él? Nada; y se echaba a temblar pensando en los oscuros fenómenospatológicos
de que ella le hablaba, y barruntando la tormenta que traíaaparejada su ignorancia del caso.
—Mujer, yo no puedo decirte... yo no entiendo... llamaremos al médico....
—¡Eso es, al médico! ¡Para estas cosas al médico! Ya que tú no tienespudor, déjame a mí
tenerlo. Estas son intimidades del matrimonio: almédico no se debe recurrir sino en el último
apuro.... Tú debieras saber,tú debieras afanarte por averiguar lo que me conviene; aunque no
fuerapor cariño, por pudor, por vergüenza; y si no tienes vergüenza, porremordimientos, por....
Ya se ha indicado que la facundia de Emma, llegados estos momentos, notenía límites.
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