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Su Único Hijo

Esta falta de inspiración poética y de consonantes en éndez, no ledesanimó ni ajó su orgullo
de artista, que al fin no era muy grande;después de todo, si bien se miraba, la poesía está como
reconcentrada enla música.
Otra cosa eran las artes del dibujo, y en este punto el atildadopendolista no vacilaba en
sostener que con la pluma hacía, si noprodigios, arabescos muy agradables; el arabesco era su
dibujo favorito,porque se enlazaba con sus facultades de escribiente, y además tambiéntenía
cierto parecido con la música por su vaguedad e indeterminación.El arabesco tocaba con la
alegoría y el dibujo natural fantástico por unlado, y por el otro con el arte de Iturzaeta.
En cosas así pensaba Reyes una tarde, cerca del crepúsculo, en el cuartono muy lujoso ni
ancho que Serafina Gorgheggi ocupaba en la fondadependiente del café de la Oliva, piso tercero
de la casa. Mochi y suprotegida habían mudado de posada, lo cual en aquel pueblo sólo
eramudar de dolor; pero en el hotel Principal, allá al extremo de laAlameda Vieja, les habían
llegado a perder el respeto por lasintermitencias en el pago del pupilaje; la Compañía de ópera
seriaacababa de disolverse por motivos económicos e incompatibilidades decaracteres, y el
empresario, la tiple y Minghetti, el barítono, sehabían quedado en la ciudad, según unos, porque
no tenían por lo prontocontrata ni lugar adonde ir, porque más valieran allá; según otros,porque
querían servir de núcleo a una nueva Compañía, para constituir lacual andaba Mochi en tratos.
Pero entretanto había que hacer economías,y si Minghetti permaneció en el hotel Principal,
aunque tampoco pagababien, por privilegio misterioso tolerado, Serafina y Julio tuvieron
quereducirse a instalar sus personas y baúles en la mediana hospedería que,con el nombre de
Fonda de la Oliva, sustentaba, con grandes apuros, eldueño del vetusto café del mismo nombre.
Reyes aquella tarde velaba el sueño de Serafina, que yacía allí cerca,en la alcoba, víctima de
un agudísimo dolor de muelas que, al aplacarsea ratos, la dejaba sumirse en tranquilo sopor,
aunque algo febril, nodesagradable.
Reyes velaba. Había ido allí a muy otra cosa, pero los suspiros de suinglesa-italiana y el olor a
medicinas antiespasmódicas, más el declinardel día, le habían cambiado de repente el ánimo,
inclinándole a lamelancolía poética y reflexiva, a la abnegación espiritual y piadosa.
Como el velar el sueño del ser amado no es ocupación que dé empleo a lasmanos, Bonis,
arrimado al velador de incrustaciones de no sabía él quépasta, que imitaban una escena
veneciana azul y rosa con manchas de caféy huellas de nitrato de plata, dibujaba con pluma de
ave sobre un pedazode papel de barbas. Dibujaba, como siempre, caprichos caligráficos
conremates de la fauna y la flora del arabesco más fantástico. Sentía elalma, después del
cambiazo que a sus deseos acababan de dar lascircunstancias, llena de música; no le cantaban los
oídos, le cantaba elcorazón.
A tener allí la flauta y no estar dormida Serafina, hubiera acompañadocon el dulce
instrumento aquellas melodías interiores, lánguidas,vaporosas, llenas de una tristeza suave,
crepuscular, mitad resignación,mitad esperanzas ultratelúricas y que no puede conocer la
juventud;tristeza peculiar de la edad madura que aún siente en los labios el dejode las ilusiones y
como que saborea su recuerdo.
Pero ya que no la flauta, tenía la pluma: la pluma, que no hacía ruido,sino muy leve, al
rasguear sobre el papel con aquellos perfiles y trazosgruesos, enérgicos, en claro-oscuro
sugestivo, equivalente al timbre deuna puerta o de una placa.
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