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Su Único Hijo

extraña! Hasta aquel instante no había reparado queEmma se había quitado muchos años de
encima aquella noche, sobre todo enaquel momento; no le parecía una mujer bella y fresca, no
había allí niperfección de facciones ni lozanía; pero había mucha expresión; el mismocansancio
de la fisonomía; cierta especie de elegía que canta el rostrode una mujer nerviosa y apasionada
que pierde la tersura de la piel yque parece llorar a solas el peso de los años; la complicada
historiasentimental que revelan los nacientes surcos de las sienes y los queempiezan a dibujarse
bajo los ojos; la intensidad de intención seria,profunda y dolorosa de la mirada, que contrasta
con la tirantez deciertas facciones, con la inercia de los labios y la sequedad de lasmejillas: estos
y otros signos le parecieron a Bonis atractivosrománticos de su esposa en aquel momento, y el
imperativo quédate tú lehalagó el amor propio y los sentidos, después del mucho tiempo que
habíapasado sin que Emma hiciera uso de la regia prerrogativa.
Por segunda vez el amante de Serafina tuvo remordimientos por suinfidelidad en el pecado.
Su gran pasión disculpaba a los ojos de Bonisaquellas relaciones ilícitas con la cómica; pero
desde el momento en queél faltaba a Serafina, dejándose interesar endiabladamente por
losencantos marchitos, pero expresivos y melancólicos, llenos de fuegoreconcentrado, de su
legítima esposa, quedaba probado que la gran pasiónpretendida no era tan grande, y, en otro
tanto, era menos disculpable.Fuese como fuese, sucedió que Bonis empezó a despojarse de su
ternoinglés en el gabinete de su mujer; se quedó sin levita ni chaleco,luciendo los tirantes de
seda y la pechera de la camisa blanca y tersa,con tres botones de coral; y en este prosaico, pero
familiar atavío, sevolvió sonriente hacia Emma, que lamía los labios secos, echaba chispaspor
los ojos, y seria y callada miraba el cuello robusto y de color deleche de su marido. Bonis se
sintió apetecido; se explicó, como a la luzde un relámpago, la escena de aquella noche de los
polvos de arroz; leyóen el rostro de su mujer una debilidad periódica, una flaqueza
femenina,como sumisión pasajera de la hembra al macho, además una misteriosa yextraña
corrupción sin nombre: todo esto lo cogió al vuelo,confusamente; tuvo la conciencia súbita de
cierta superioridad interina,fugaz; y enardecido por su propio capricho, por las excitaciones
queaquel ocaso interesante de hermosura, o, mejor, de deseo, con que seiluminaba Emma,
producía en él, se arrojó a un atrevimiento inaudito; yfue que, de repente, se dejó caer de rodillas
delante de su mujer, se leabrazó a las almidonadas blancuras, que crujieron contra su pecho, y
convoz balbuciente por la emoción, entrecortada y sorda, dijo mil locurasde pasión habladora,
que se desborda primero por las palabras; palabrasde lascivia en jerga amorosa, en diminutivos,
tal como él las habíaaprendido de todo corazón en su trato con la Gorgheggi.
Emma, en vez de levantar a su marido de la postrada actitud, después dedar un grito, como los
que daba al entrar en su baño de agua tibia, fuedoblándose, doblándose, hasta quedar con la boca
al nivel de la boca deBonis; con ambas manos le agarró las barbas, le echó hacia atrás lacabeza,
y, como si los labios del otro fuesen oído, arrimando a elloslos dientes, dijo como quien
hablando bajo quisiera dar voces:
—¡Júrame que no me la pegas!
—Te lo juro, Mina de mi alma, rica mía, mi Mina; te lo juro y te lorejuro.... Mírame a los
ojos; así, a los ojos de adentro, a los de másadentro del alma... te juro, te retejuro que te adoro,
con eso, con eso,con eso que ves aquí tan abajo, tan abajo.... Pero, mira, me vas adesnucar, se me
rompe el cogote.
—Qué más da, qué más da... deja... deja... así, más, que te duela, quete duela con gusto.
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