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Su Único Hijo

de Emma, casi todos jugadores, y muchos de ellos víctimas desu pasión, que estalló en forma de
aneurisma. Muerto D. Diego, losValcárcel perdieron su único apoyo, y el movimiento de
retroceso enbusca de la montaña se aceleró en toda la familia. Cuando bajaban alllano venían
cada vez más montaraces, más orgullosos; su odio a lacortesía, a las fórmulas complicadas de la
buena sociedad de provincia,se acentuaba. Cuanto más pobres se iban quedando, más vanidad
solariegatenían y más despreciaban la vida en poblado y en tierra llana. En laribera, como
llamaban allá arriba a las regiones bajas, sólo una cosarespetable reconocían los Valcárcel del
monte: el tapete verde. Se iba alas ferias a jugar, a perder, a empeñarse... y a casa.
Por el camino de retroceso que llevaba aquella raza se volvía a lahorda; era aquel el atavismo
de todo un linaje. Por algún tiempo contuvoen gran parte tan alarmante tendencia el espíritu
exaltado de Emma. Elcariño gentilicio que en ella despertó con tan exagerada vehemencia,sirvió
para reconciliar a muchos de sus parientes con la civilización yla tierra llana. Las visitas a la
capital fueron más frecuentes, tal vezporque eran más baratas y más cómodas. Ya se sabía que la
casa delfamoso y ya difunto abogado D. Diego Valcárcel, era, como él la hubierallamado si
viviese, jenodokia, jenones, o sea, en cristiano, albergue deforasteros. Emma, que en algún
tiempo había desdeñado, no sincoquetería, la adoración de sus primos y tíos—pues también tenía
tíosapasionados—ahora, es decir, después de haber perdido la flor de lahermosura, sobre todo la
lozanía, por culpa del mal parto, gozábase enrecordar los antiguos despreciados triunfos del
amor, y quería rumiarlas impresiones deliciosas de aquella adoración pretérita. Rodeábase
convoluptuosa delicia, como de una atmósfera tibia y perfumada, de lapresencia de aquellos
Valcárcel que algún día se hubieran tirado decabeza al río por gozar una sonrisa suya.
El amor aquel en algunos de ellos tenía que haber pasado por fuerza, sopena de ser ridículo;
los años y la grasa, y la terrible prosa de laexistencia pobre y montaraz de allá arriba, habían
quitado todo carácterde verosimilitud a cualquier tentativa de constancia amorosa; pero
noimportaba: Emma se complacía en ver a su lado a los que todavíarecordaban con respeto y
cariño el amor muerto, y consagraban al objetode tal culto todos los obsequios compatibles con
el natural huraño ybrusco de la raza montés. Aquellos cortesanos del amor pretérito, talvez al
rendir sus homenajes, pensaban sobre todo en la munificenciaactual de la heredera de D. Diego,
única persona que aún tenía cuatrocuartos en toda la familia; pero ella, la caprichosa cónyuge del
infelizBonifacio, no se detenía a escudriñar los recónditos motivos por que eraacatada su
indiscutible soberanía sobre los suyos. Es muy probable queya ninguno de los parientes viese en
su prima la belleza que, en efecto,había volado; pero algunos fingían, con mucha delicadeza en
el disimulo,ocultar todavía una hoguera del corazón bajo las cenizas que el deber ylas buenas
costumbres echaban por encima. Emma gozaba también, sin darsecuenta clara de ello,
creyéndolo vagamente; saboreaba aquel holocaustode amor problemático con la incertidumbre
de una música lejana que yasuena, no se sabe si en la aprensión o en el oído. Lo que era un
dogmafamiliar, que tenía su fórmula invariable, era esto: que por Emma nopasaban días, que lo
del estómago no era nada, y que después de parir,de mala manera, estaba más fresca y lozana
que nunca. Nadie creía talcosa, porque saltaba a la vista que no era así; pero lo asegurabantodos.
Los cortesanos de aquella sultana caprichosa y de carácterviolento y variable, se vengaban de su
humillación ineludibledespreciando a Bonifacio Reyes sin ningún género de disimulo. Emma
llegóa sentir por su esposo un afecto análogo en cierto modo al que hubierapodido inspirar al
Emperador romano su caballo senador. Otro dogma de lafamilia, pero éste secreto, era que «la
niña había labrado su desgraciauniéndose a aquel hombre». El primo Sebastián confesaba entre
suspirosque el único acto de su vida de que estaba arrepentido (y era hombre quese había jugado
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