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Su Único Hijo

Indudablemente su situación, la deBonis, se había complicado desde la noche anterior. «Hueles a
polvos dearroz», había dicho la engañada esposa, tres veces lo había dicho, y envez de irritarse...
de envenenarle o ahorcarle... ¡cosa más rara!...
Y al llegar aquí se le pusieron delante de la imaginación las carnes desu mujer tales como de
soslayo y a escape las había vislumbrado por lamañana, al salir del lecho conyugal. No era lo
mismo lo que había creídover en el delirio o exaltación de la borrachera y la realidad que se
lehabía presentado por la mañana; pero aun esta realidad excedía con muchoal estado que
verosímilmente se hubiera podido atribuir a lo que éldenominaba encantos velados y
probablemente marchitos de su mujer. Sí,él mismo, a pesar de que, con motivo de las unturas y
otros menesteresanálogos, veía cotidianamente gran parte del desnudo de su Emma, nopodía
observar jamás, porque ella lo prohibía con sus melindres,aquellas regiones que, en la topografía
anatómica y poética de Bonis,correspondían a las varias zonas de los encantos velados. En estas
zonasera donde él había visto sorpresas, inesperados florecimientos, unaespecie de otoñada de
atractivos musculares con que no hubiera soñado elmás optimista. ¿Cómo era aquello? Bonis no
se lo explicaba; porqueaunque filósofo como él solo, amigo de reflexionar despacio y por
suspasos contados, sobre todos los sucesos de la vida, importáranle o no,era de esos pensadores
que tanto abundan, que no hacen más que darvueltas a ideas conocidas, alambicándolas; pero no
descubría, nopenetraba en regiones nuevas, y, en suma, en punto a sagacidad paraencontrar el
por qué de fenómenos naturales o sociológicos, era tan romocomo tantos y tantos filósofos
célebres que, en resumidas cuentas, nohan venido a sonsacarle a la realidad burlona ninguno de
sus utilísimossecretos. Mucho discurrió Bonifacio, pero no logró dar en el quid de quesu mujer,
dándose por medio difunta, tuviera aquellas reconditeces nadadespreciables, aunque pálidas y de
una suavidad que, al acercar la piela la condición del raso, la separaba de ciertas cualidades de la
materiaviva. Parecía así como si entre el algodón en rama, los ungüentos y eltibio ambiente de
las sábanas perfumadas, hubiesen producido unaartificial robustez... carne falsa.... En fin, Bonis
se perdía enconjeturas y en disparates, y acababa por rechazar todas estashipótesis, contra las
cuales protestaban todas las letras de segundaenseñanza que él había leído de algunos años a
aquella parte, con elpropósito (que le inspiró un periódico, hablando del progreso y de
lasabiduría de la clase media) de hacerse digno hijo de su siglo yregenerarse por la ciencia. No,
no podía ser; todas las leyesfísico-matemáticas se oponían a que el algodón en rama fuera
asimilabley se convirtiera en fibrina y demás ingredientes de la pícara carnehumana.
No hay para qué seguir a Bonis en sus demás conjeturas, sino irse a locierto directamente.
Cierto era, muy cierto, que Emma había amenazadoruina, que sus carnes se habían derretido
entre desarreglos originadosde sus malandanzas de madre frustrada, influencias
nerviosas,aprensiones, seudohigiénicas medidas y cavilaciones, rabietas y falta deluz y de aire
libre; pero también era verdad que no faltaba fibra alcuerpo eléctrico de aquella Euménide, que
sus nervios se agarrabanfuriosos a la vida, enroscándose en ella, y que al cabo el
estómago,llegando a asimilar las buenas carnes, y los buenos tragos produciendosano influjo,
habían dado eficacia al renaciente apetito, y la saludvolvía a borbotones inundando aquel
organismo intacto a pesar de tantaslacerías.
Pensaba Emma, al verse renacer en aquellos pálidos verdores, que eraella una delicada planta
de invernadero, y que el bestia de su marido ytodos los demás bestias de la casa, querrían sacarla
de su estufa ytransplantarla al aire libre, en cuanto tuvieran noticia de talrenacimiento. Su manía
principal, pues otras tenía, era esta ahora: quetenía aquella nueva vida de que tan
voluptuosamente gozaba, a condiciónde seguir en su estufa, haciéndose tratar como enferma,
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