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Su Único Hijo

había sido conferidoen los demás quehaceres domésticos; de su espontaneidad no se esperabani
se admitía cosa alguna. Un rayo que hubiera caído a sus pies... y derepente se hubiese convertido
en lluvia de flores, no hubiera causadomayor sorpresa al amante de Serafina, que la actitud de su
mujersoñolienta y caprichosa; pero sin andarse en averiguaciones de causaspróximas o remotas,
echó sus cuentas Bonifacio, y se dijo en el fuerointerno, sin pararse a examinar la exactitud de la
frase, «lo echaremostodo a barato»; y a la invitación de su hembra hecha por señasinfalibles, que
levantaban en el alma nubes melancólicas de recuerdosque se deslizaban delante de una luna de
miel muy hundida en elfirmamento oscuro, contestó con otras señas que fueron estimadas en
loque valían.
«Esto no es infidelidad—pensaba Bonis—, esto es un 'sálvese el quepueda'». Su conciencia de
amante, la falsa conciencia del románticoapasionado por principios, le acusaba, le decía que los
recientesvapores de la orgía le prestaban un fuego que no era fingido; fueseresto de borrachera,
agradecimiento, nostalgia de la luna de miel o loque fuese, ello era que aquel panteísta de la hora
de los brindis nosentía repugnancia ni mucho menos al cumplir aquella noche sus
másrudimentarios deberes de esposo; a la sorpresa que le causó la extrañaactitud de Emma,
sucedieron pronto muchas sorpresas de un ordeninenarrable, llámese así, sorpresas que le
enseñaron allá entre sueños,que el que más cree saber no sabe nada, que las apariencias engañan,
quela aprensión hace ver lo que no hay, y viceversa; en fin, ello era que,o los dedos se le
antojaban huéspedes, o veía visiones, o su mujer noestaba tan en los últimos como ella decía, ni
las gallinas y chuletasque juraba no digerir, ni los vinos exquisitos que aseguraba ella que
laenvenenaban, dejaban de surtir sus efectos en aquella «naturaleza»; quelas unturas y el algodón
en rama habían producido una... palingenesia....algo así como una vegetación de la oscuridad,
pálida, pero no mezquina.La torcida y dañada conciencia del fiel amante y del marido infiel,
sequejaba, no admitía sofismas, allá en los adentros más nublados delturbado Bonis, que entre el
sueño y la vigilia se entregaba, mitad pormiedo, por desorientarla, como él se decía, mitad por
una especie devoluptuosidad nueva y que juzgaba monstruosa, se entregaba a losarrebatos del
amor físico, no con gran originalidad por cierto, pero sícon una espontaneidad que era lo que
más le remordía en la citadaconciencia de amante. Originalidad no la había, no; frases,
gritosahogados, actitudes, novedades íntimas del placer, que Emma recibía contibias protestas y
acababa por saborear con delicia epiléptica, y poraprender con la infalibilidad del instinto
pecaminoso; todo esto era unacopia de la otra pasión, todo revelaba el estilo de la Gorgheggi.
Sinpasar de aquella misma noche, Bonis oyó a su mujer en el delirio delamor, que él siempre
llamaba para sus adentros físico (por distinguirlede otro), oyó a Emma interjecciones y vocativos
del diccionario amorosode su querida; y vio en ella especies de caricias serafinescas; todoello era
un contagio; le había pegado a su mujer, a su esposa ante Diosy los hombres, el amor de la
italiana, como una lepra; y de esto, laconciencia que protestaba era la del marido, la del padre de
familia....virtual que había en él, en Bonifacio Reyes. «Esto es manchar el tálamocon una especie
de enfermedad secreta... moral... se decía, y esto esademás faltar a mis deberes... de fiel amante
romántico y artístico».Pero todos estos remordimientos mezclados y confusos se revolvían alláen
el fondo del pobre cerebro, entre vapores de la borrachera que habíacreído desvanecida y que
sólo se había descompuesto: por un lado eraplomo que se le agolpaba a la cabeza, por otro lado
lujuria exaltada,enfermiza, que amenazaba derretirle. Entre los brazos de Emma, Bonis oíade
cuando en cuando gritos que le estallaban dentro del cráneo.«¡Bonifacio! ¡Reyes! ¡Bonifacio!» le
decían aquellos tremendosestallidos, y reconocía la voz del barítono, y la del bajo, y la del
quecantaba en Lucrezia: Vivva il Madera!
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