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Su Único Hijo

Dio expresivas muestras de gratitud al zapatero, que se ofreció aacompañarle a su casa y salió,
sacando fuerzas de flaqueza, a pasolargo, sin saber adónde iba. «Yo debía tirarme al río», se dijo.
Peroenseguida reflexionó que ni por aquella ciudad pasaba río alguno, ni éltenía vocación de
suicida. Pasó junto al café de la Oliva, donde solíatomar Jerez con bizcochos algunos domingos,
al volver de misa mayor, yel deseo de un albergue amigo le penetró el alma. Entró, subió al
primerpiso, que era donde se servía a los parroquianos. Se sentó en un rincónoscuro. No había
consumidores. El mozo de aquella sala, que estabaafinando una guitarra, dejó el instrumento,
limpió la mesa de Reyes y lepreguntó si quería el Jerez y los bizcochos.
—¡Qué bizcochos!, no, amigo mío. Botillería, eso tomaría yo de buenagana. Tengo el gaznate
hecho brasas....
El mozo sonrió compadeciendo la ignorancia del señorito. ¡Botillería aaquellas horas!
—Ya ve usted... botillería a estas horas....
—Es verdad... es un... anacronismo. Además, el helado por la mañana hacedaño. Tráeme un
vaso de agua... y échale un poco de zarzaparrilla.
Debe advertirse que Bonifacio y el mozo, al hablar de botillería,estaban pensando en el helado
de fresa que allí, en el café de la Oliva,se hacía mejor que en el cielo, en opinión de todo el
pueblo.
Servido Reyes, el mozo volvió a su guitarra, y después de templarla a sugusto, la emprendió
con la marcha fúnebre de Luis XVI.
Al principio Bonis saboreaba la zarzaparrilla inocente sin oír siquierala música. Pero la
vocación es la vocación. Al poco rato «su espíritu sefue identificando con la guitarra». La
guitarra, para Bonis, era a losinstrumentos de música lo que el gato a los animales domésticos....
Elgato era el amigo más discreto, más dulce, más perezosamente mimoso....la guitarra le
acariciaba el alma con la suavidad de la piel de gato,que se deja rascar el lomo.
Las trompetas y tambores que imitaban las cuerdas, ya tirantes, yaflojas, le hicieron a Reyes
ponerse en el caso del rey mártir; y seacordó de la frase del confesor: «Nieto de San Luis, sube
al cielo». Lohabía leído en Thiers en la traducción de Miñano. Muy a su placer sesintió
enternecido. Sabía él que sólo el sentimentalismo podía darle laenergía suficiente, o poco menos,
para afrontar su «terrible» situacióncara a cara con todos los suyos, o, mejor dicho, todos los de
su mujer.
Sí, era preciso armarse de valor, ir al suplicio con el espíritu firmedel desgraciado rey mártir.
Para él era el suplicio la presencia de Emmay de Nepomuceno.
El guitarrista dejó a Luis XVI en el panteón, y saltó a la jotaaragonesa.
Se lo agradeció Bonis, porque aquello edificaba; era el himno del valorpatrio. Pues bien, lo
tendría, no patrio, sino cívico... o familiar... ocomo fuese; tendría valor. ¿Por qué no? Es más,
pensó que su pasión, sugran pasión, era tan respetable y digna de defensa como la
independenciade los pueblos. Moriría al pie del cañón, a los pies de su tiple, sobrelos escombros
de su pasión, de su Zaragoza....
—No disparatemos, seamos positivos—se dijo.
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