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Gatsby
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—Muy sencillo, amigo mío. Ayer de tarde, en el Casino, D. JuanNepomuceno, su tío de
usted....
—No es mi tío....
—Bueno... su....
—Bien, adelante; el tío... ¿qué?
—Pero hijo, ¿qué le pasa a usted? Está usted palidísimo, le va a daralgo, ¿será el calor? Abriré
aquí...
—No abra usted... hable, hable; el tío... ¿qué?
—Pues nada; que hablando de negocios, vinimos a parar en lasprobabilidades del resultado de
esa industria que van a montar ustedescon el dinero de las últimas enajenaciones.
—¿Una industria? Que vamos a montar... ¿nosotros?...
—Sí, hombre, la fábrica de productos químicos.
—¡Ah!, sí, bien; ¿y qué?
Bonifacio había oído en casa, a los parientes de su mujer, algo deproductos químicos, pero no
sabía nada concreto.
—¡Al grano!—dijo más muerto que vivo.
—Yo... con la mayor inocencia del mundo, le pregunté a su señor....pariente si el dinero que
usted acababa de tomar, honrándome con suconfianza, era para los gastos primeros... para algún
ensayo; paramuestras de... qué sé yo...; en fin, que se me había metido en la cabezaque era para
la fábrica. D. Juan... me miró con aquellos ojazos queusted sabe que tiene. Tardó en contestarme;
noté eso, que tardaba enhablar. En fin, encogiendo los hombros, me dijo: «Sí, efectivamente,para
gastos preliminares, de preparación... pero tengo orden, ahora queme acuerdo, de pagar a usted
inmediatamente ese dinero». Yo, la verdad,extrañaba que haciendo tan pocas horas que usted
había recogido loscuartos... pero a mí, ¿quién me metía en averiguaciones?, ¿no es eso? Enfin,
que nos citamos para esta su casa a las diez de la noche, y a lasdiez y cuarto estaba aquí D. Juan
Nepomuceno con seis mil reales enplata. Esta es la historia.
¡Aquella era la historia!, pensó Reyes desde el abismo de su postración.Estaba aturdido, se
sentía aniquilado. El tío lo sabía todo... y ¡habíapagado! ¿Y Emma? Al acordarse de su mujer
experimentó aquella ausenciade las piernas, sensación insoportable que nunca faltaba en los
grandesapuros.
Callaban los dos. El notario comprendió que allí había gato encerrado;«algún misterio de
familia», pensaba él. Pero como había cobrado sudinero, de lo que estaba muy contento, como se
había reintegrado, sabíacontener su curiosidad, que dejaba paso a la más exquisita
prudencia.Allá ellos, se decía, y seguía callando.
Rompió el silencio Bonis, diciendo con voz sepulcral:
—Si usted hiciera el favor de mandar que me sirvieran un vaso de agua.

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