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Su Único Hijo

Merás, fundador de la casa de Valcárcel, famoso guerreroque hizo y deshizo en la guerra de las
Alpujarras. Armado de punta enblanco, avellanado y cejijunto, de mirada penetrante, y brillando
comoun sol, gracias al barniz reciente, el misterioso personaje del lienzose ofrecía a los ojos
soñadores de Emma como el tipo ideal de grandezasmuertas, irreemplazables. Estar enamorada
de un su abuelo, que era elsímbolo de toda la vida caballeresca que ella se figuraba a su modo,
eradigna pasión de una mujer que ponía todos sus conatos en distinguirse delas demás. Este afán
de separarse de la corriente, de romper toda regla,de desafiar murmuraciones y vencer
imposibles y provocar escándalos, noera en ella alarde frío, pedantesca vanidad de mujer
extraviada porlecturas disparatadas; era espontánea perversión del espíritu, pruritode enferma.
Mucho perdió el primo Sebastián con aquella restauración dela iconoteca familiar. Si Emma
había estado a tres dedos del abismo, queno se sabe, su enamoramiento secreto y puramente
ideal la libró de todopeligro positivo; entre Sebastián y su prima se había atravesado unpedazo
de lienzo viejo. Una tarde, casi a oscuras, paseaban juntos porel salón de los retratos, y cuando
Sebastián preparaba una frase que enpocas palabras explicase los grandes méritos que había
adquirido amandotantos años sin decir palabra ni esperar cosa de provecho, Emma se lepuso
delante, le mandó encender una luz y acercarla al retrato delilustre abuelo.—Sí, os parecéis
algo—dijo ella—; pero se ve claramenteque nuestra raza ha degenerado. Era él mucho más
guapo y más robusto quetú. Ahora los Valcárcel sois todos de alfeñique; si a ti te cargaran
conesa armadura, estarías gracioso.
Sebastián continuó amando en secreto y sin esperanza. El guerrero de lasAlpujarras siguió
velando por el honor de su raza.
Bonifacio no sospechaba nada ni del primo ni del abuelo. En cuanto sumujer dio por
terminada la luna de miel, que fue bien pronto, como seencontrase él demasiado libre de
ocupaciones, porque el tío mayordomoseguía corriendo con todo por expreso mandato de Emma,
se dio a buscarun ser a quien amar, algo que le llenase la vida. Es de notar queBonifacio,
hombre sencillo en el lenguaje y en el trato, frío enapariencia, oscuro y prosaico en gestos,
acciones y palabras, a pesar desu belleza plástica, por dentro, como él se decía, era un soñador,
unsoñador soñoliento, y hablándose a sí mismo, usaba un estilo elevado ysentimental de que ni
él se daba cuenta. Buscando, pues, algo que lellenara la vida, encontró una flauta. Era una flauta
de ébano con llavesde plata, que pareció entre los papeles de su suegro. El abogado delilustre
Colegio, a sus solas, era romántico también, aunque algo viejo,y tocaba la flauta con mucho
sentimiento, pero jamás en público. Emma,después de pensarlo, no tuvo inconveniente en que la
flauta de su padrepasara a manos de su marido. El cual, después de untarla bien conaceite, y
dejarla, merced a ciertas composturas, como nueva, se consagróa la música, su afición favorita,
en cuerpo y alma. Se reconocióaptitudes algo más que medianas, una regular embocadura y
muchosentimiento, sobre todo. El timbre dulzón, nasal podría decirse,monótono y manso del
melancólico instrumento, que olía a aceite dealmendras como la cabeza del músico, estaba en
armonía con el carácterde Bonifacio Reyes; hasta la inclinación de cabeza a que le obligaba
eltañer, inclinación que Reyes exageraba, contribuía a darle ciertoparecido con un
bienaventurado. Reyes, tocando la flauta, recordaba unsanto músico de un pintor pre-rafaelista.
Sobre el agujero negro, entreel bigote de seda de un castaño claro, se veía de vez en cuando la
puntade la lengua, limpia y sana; los ojos, azules claros, grandes y dulces,buscaban, como los de
un místico, lo más alto de su órbita; pero no poresto miraban al cielo, sino a la pared de enfrente,
porque Reyes teníala cabeza gacha como si fuera a embestir. Solía marcar el compás con lapunta
de un pie, azotando el suelo, y en los pasajes de mucha expresión,con suaves ondulaciones de
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