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Su Único Hijo

vestía bien, sin afectación, su ropa humilde, no deltodo mal cortada. No servía para ninguna
clase de trabajo serio yconstante; tenía preciosa letra, muy delicada en los perfiles, perotardaba
mucho en llenar una hoja de papel, y su ortografía eraextremadamente caprichosa y fantástica; es
decir, no era ortografía.Escribía con mayúscula las palabras a que él daba mucha
importancia,como eran: amor, caridad, dulzura, perdón, época, otoño, erudito, suave,música,
novia, apetito y otras varias. El mismo día en que al padre deEmma, don Diego Valcárcel, de
noble linaje y abogado famoso, se leocurrió despedir al pobre Reyes, porque «en suma no sabía
escribir y leponía en ridículo ante el Juzgado y la Audiencia», se le ocurrió a laniña escapar de
casa con su novio. En vano Bonifacio, que se habíadejado querer, no quiso dejarse robar; Emma
le arrastró a la fuerza, ala fuerza del amor, y la Guardia civil, que empezaba a ser
benemérita,sorprendió a los fugitivos en su primera etapa. Emma fue encerrada en unconvento y
el escribiente desapareció del pueblo, que era unamelancólica y aburrida capital de tercer orden,
sin que se supiera de élen mucho tiempo. Emma estuvo en su cárcel religiosa algunos años,
yvolvió al mundo, como si nada hubiera pasado, a la muerte de su padre;rica, arrogante, en poder
de un curador, su tío, que era como unmayordomo. Segura ella de su pureza material, todo el
empeño de suorgullo era mostrarse inmaculada y obligar a tener fe en su inocencia almundo
entero. Quería casarse o morir; casarse para demostrar la purezade su honor. Pero los
pretendientes aceptables no parecían. La deValcárcel seguía enamorada, con la imaginación, de
su escribiente de losquince años; pero no procuró averiguar su paradero, ni aunque
hubiesevenido le hubiera entregado su mano, porque esto sería dar la razón a lamaledicencia.
Quería antes otro marido. Sí, Emma pensaba así, sin darsecuenta de lo que hacía: «Antes otro
marido». El después que vagamenteesperaba y que entreveía, no era el adulterio, era... tal vez la
muertedel primer esposo, una segunda boda a que se creía con derecho. Elprimer marido pareció
a los dos años de vivir libre Emma. Fue unamericano nada joven, tosco, enfermizo, taciturno,
beato. Se casó conEmma por egoísmo, por tener unas blandas manos que le cuidasen en
susachaques. Emma fue una enfermera excelente; se figuraba a sí mismaconvertida en una
monja de la Caridad. El marido duró un año. Alsiguiente, la de Valcárcel dejó el luto, y su tío, el
curador-mayordomo,y una multitud de primos, todos Valcárcel, enamorados los más en
secretode Emma, tuvieron por ocupación, en virtud de un ukase de la tirana dela familia, buscar
por mar y tierra al fugitivo, al pobre BonifacioReyes. Pareció en Méjico, en Puebla. Había ido a
buscar fortuna; no lahabía encontrado. Vivía de administrar mal un periódico, que
llamabachapucero y guanajo a todo el mundo. Vivía triste y pobre, pero callado,tranquilo,
resignado con su suerte, mejor, sin pensar en ella. Por uncorresponsal de un comerciante amigo
de los Valcárcel, se pusieron estosen comunicación con Bonifacio. ¿Cómo traerle? ¿De qué
modo decente sepodía abordar la cuestión? Se le ofreció un destino en un pueblo de laprovincia,
a tres leguas de la capital, un destino humilde, pero mejorque la administración del periódico
mejicano. Bonifacio aceptó, sevolvió a su tierra; quiso saber a quién debía tal favor y se le
condujoa presencia de un primo de Emma, rival algún día de Reyes. A la semanasiguiente Emma
y Bonifacio se vieron, y a los tres meses se casaron. Alos ocho días la de Valcárcel comprendió
que no era aquel el Bonifacioque ella había soñado. Era, aunque muy pacífico, más molesto que
elcurador-mayordomo, y menos poético que el primo Sebastián, que la habíaamado sin
esperanza desde los veinte años hasta la mayor edad.
A los dos meses de matrimonio Emma sintió que en ella se despertaba unintenso,
poderosísimo cariño a todos los de su raza, vivos y muertos; serodeó de parientes, hizo restaurar,
por un dineral, multitud de cuadrosviejos, retratos de sus antepasados; y, sin decirlo a nadie, se
enamoró,a su vez, en secreto y también sin esperanza, del insigne D. AntonioDiego Valcárcel
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