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Su Único Hijo

eso que no concebía cómo hombrenacido podía echarse por la mañana de la cama y calzarse las
botas debuenas a primeras. Siempre que leía aventuras de viajes lejanos, grandespenalidades de
náufragos, misioneros, conquistadores, etc., etc., lo quemás compadecía era la ausencia probable
de las babuchas.
Sin faltar a un solo ensayo, y yendo también al teatro todas las nochesde función en que podía
robar algunas horas a sus quehaceres domésticos,llegó Bonifacio a intimar con las partes, como
él decía, de tal manera,que los amigos de la tertulia de Cascos llegaron a suponerle enrelaciones
amorosas con la Gorgheggi.
—Yo les digo a ustedes que la obsequia—aseguraba el relator.
—Yo sostengo que no la obsequia—decía el lechuguino, envidioso.
La verdad era que la simpatía, y a los pocos días la más cordialamistad, habían llegado a tal
punto entre Mochi y Bonifacio, que eltenor, después de tomar juntos café una tarde, no había
vacilado enpedir al suo nuovo magià carissimo amico, duecento lire, o seancuarenta duros en el
lenguaje que entendía Reyes. Pidió el italiano contal sencillez y desenfado aquellos ochocientos
reales, acto continuo dehaber contado una aventura napolitana que le había costado cerca de
dosmil duros, que Bonifacio tuvo que decirse: «Para este hombre cuarentaduros son como para
mí un cigarrillo de papel; me ha pedido esos cuartoscomo quien pide lumbre para el cigarro; lo
que le sobra a él, de fijo,es dinero; pero no lo tiene aquí, en este momento; lo malo es
quetampoco lo tengo yo. Pero hay que buscarlo corriendo, no hay másremedio. Si se lo doy, no
me lo agradecerá, aunque bien sabe Dios que nosé de dónde sacarlo; pero a él ¿qué? ¿Qué son
ochocientos reales paraeste hombre? En cambio, si no se los busco inmediatamente
medespreciará, me tendrá por un miserable... ¡Antes la muerte!».
Colorado como un pimiento declaró el español que, por una casualidad quelamentaba, no traía
consigo aquella insignificante cantidad; pero que enun periquete corría a su casa... que estaba
muy cerca, y volvía con loscuartos.
Y echó a correr sin oír las palabras de Mochi que, por no molestarle,renunciaba al préstamo.
En efecto, la casa de Emma no estaba lejos; pero llegar a ella, entrar,era más fácil que volver
al teatro, al cuarto del tenor, con loscuarenta duros. ¿De dónde iba a sacarlos el infeliz esclavo de
su mujer?¡Ay! ¡Con qué amargura contempló entonces, por la primera vez, su tristedependencia,
su pobreza absoluta! No era dueño ni de los pantalones quetenía puestos, y eso que parecía que
habían nacido ajustados a suspiernas; ¡tan bien le sentaban! No tenía dos reales que pudiera
decirque eran suyos. ¿Qué hacer? ¿Renunciar para siempre al ideal? Mochi leaguardaba con
aquellos ojos punzantes, risueños y maliciosos: sin eldinero no se podía volver: detrás de Mochi
estaba la Gorgheggi, sudiscípula, su pupila. Bien; puesto que no tenía aquellos cuarenta durosni
de donde sacarlos, como no robase los candelabros de plata que teníadelante de los ojos, sobre la
mesa del despacho (el despacho de D.Diego, que seguía siendo despacho sin adjudicación
singular: el de donJuan Nepomuceno, el de Emma, el de todos); como no tenía cuarenta durosni
de donde le vinieran, renunciaría a su felicidad; no volvería apresentarse ante los queridos
amigos italianos, ante los artistassublimes, se sacrificaría en silencio; cualquier cosa menos
volver allácon las manos vacías....
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