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Su Único Hijo

tubos,como años adelante se vio allí mismo, a una altura discrecional; lashumildes candilejas
alumbraban lo poco que podían, desde el tablado,como estrellas... de aceite, caídas. A la derecha
del actor (así pensabaReyes), alrededor de una mesa alumbrada apenas por un quinqué de
luztriste, había un grupo de sombras que poco a poco fue distinguiendo.Eran el director de
escena, el apuntador, un traspunte y un hombre gordoy pequeño, de panza extraordinaria, vestido
con suma corrección, muyblanco, muy distinguido en sus modales; era el signor Mochi,
empresarioy tenor primero... y último de la Compañía. Otros grupos taciturnosvagaban por el
foro, eran los coristas: el cuerpo de señoras estabasentado en corro a la izquierda. Donde quiera
que se juntaban aquellasdamas pálidas y mal vestidas tendían, por la fuerza de la costumbre,
aformar arcos de círculo, semicírculos y círculos según lascircunstancias.
Reyes había leído la Odisea en castellano y recordaba la interesantevisita de Ulises a los
infiernos; aquella vida opaca, subterránea delErebo, donde opinaba él que tanto debían de
aburrirse las almas de losque fueron, se le representaba ahora al ver a los tristes
cómicos,silenciosos y vagabundos, cruzar el escenario oscuro, como espectros. Yasabía él que
otras veces reinaba allí la alegría, que aquello iríaanimándose; pero había siempre en los ensayos
cuartos de hora tristes.Cuando al artista no le anima esa especie de alcohol espiritual
delentusiasmo estético, se le ve caer en un marasmo parecido al que abrumaa los desventurados
esclavos del hachís y del opio.... Reyes había hechoa su modo un profundo estudio psicológico
de los pobres tenores exnotables que venían a su pueblo averiados, como barcos viejos que
buscanuna orilla donde morir tranquilos, acostados sobre la arena; tambiénsabía mucho de tiples
de tercer orden que pretendían pasar porestrellas: aunque era muy joven todavía cuando había
tenido ocasión dehacer observaciones, la reflexión serena le había ayudado no poco.Observaba
compadeciendo, y compadecía admirando, de modo que el análisisllegaba verdaderamente al
alma de las cosas. Lo que él no veía era ellado malo de los artistas. Todo lo poetizaba en ellos.
Los contrastesfuertes y picantes de sus ensueños de gloria y de su vida de bastidorescon la
mezquina prosa de una existencia difícil, llena de los rocesásperos con la necesidad y la miseria,
le parecían a Reyes motivos depoética piedad y daban una aureola de martirio a sus ídolos.
Aquel día procuró, como siempre, atraer hacia sí la atención de laspartes (el tenor, la tiple, el
barítono, el bajo y la contralto), y estosolía conseguirlo sonriendo discretamente cuando algún
cantante lemiraba por casualidad después de atacar con valentía una nota, o dehacer cualquier
primor de garganta, o también después de decir unchiste.
Mochi, el tenor bajo y gordo, era como una ardilla y hablaba más que unsacamuelas, pero en
italiano cerrado, y con suma elegancia en losmodales. Hablaba con el maestro director que se
reía siempre, y Reyes,que no entendía a Mochi, pero que creía adivinarle, sonreía también.Como
no había nadie más que él en calidad de mero espectador del ensayo,el tenor no tardó en notar su
presencia y sus sonrisas, y al poco ratoya le consagraba a él, a Reyes, todos sus concetti. Tanto
se loagradeció Bonifacio, que al tiempo de levantarse para salir del palcodeliberó consigo mismo
si debía saludar al tenor con una ligerainclinación de cabeza. Miró Mochi a Reyes... y Reyes,
poniéndose muycolorado, sacudió su hermosa cabellera con movimientos de maniquí, y sefue a
su casa... impregnado del ideal.
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