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Su Único Hijo

paro», pensaba, con escalofríos, cuando a solascomenzaba a rendirse a la evidencia. «¡A mi
edad! ¡Primeriza a mi edad!¡Qué horror! ¡Qué horror!... ¡Los huesos tan duros!...».
Emma se encerraba en su alcoba; se miraba en el espejo de cuerpo entero,en ropas menores,
hasta sin ropa..., se examinaba detenidamente, semedía, se comparaba con otras, sacaba
proporciones de ancho y de largode su torso y de cuantas partes de su cuerpo creía ella, en sus
vagasnociones de tocología instintiva, que eran capitales para el arduo paso.Y arrojándose
desnuda, sin miedo al frío, en una butaca, rompía allorar, furiosa; a llorar sin lágrimas, como los
niños mimados, ygritaba: «¡Yo no quiero! ¡Yo no puedo! ¡Yo no sirvo!».
La muerte era probable, la enfermedad segura, los dolores terribles,insoportables...,
matemáticos; por bien que librara, los dolores teníanque venir. ¡No! ¡No! ¡Jamás! ¿Para qué?
¡Otra vez la cama, otra vez elcuerpo flaco, el color pálido, la calavera estallando debajo del
pellejoamarillento; la debilidad, los nervios, la bilis..., y el tremendoabandono de los demás, de
Bonis, del tío, de Minghetti! ¡Oh, sí!Minghetti, como todos, la dejaría morir, la dejaría padecer,
sin padecerni morir con ella... ¡El parto! Crueldad inútil, peligro inmenso... paranada: ¡qué
estupidez! Las mujeres felices, las mujeres entregadas a laalegría, al arte..., a... los barítonos...,
las mujeres superiores, noparían, o parían cuando les convenía, y nada más. ¡Parir! ¡Qué
necedad!¿Cómo no había previsto el caso? Se había dejado sorprender.... Pero,¿quién hubiera
temido?... Y su cólera, como siempre, iba a estrellarsecontra Bonis. El cual tuvo que desistir de
sus ensayos deenternecimiento a dúo con motivo del próximo y feliz suceso, porqueEmma, ni en
broma, toleraba que se hablase del peligro que corría comode acontecimiento próspero.
Por fin llegó a ser una afectación inútil, ridícula, el negar la próximacatástrofe, pues por tal la
tenía ella. Emma dejó de apretarse el corsé,dejó de defenderse; si en los primeros meses había
sido poco ostensibleel embarazo, al acercarse el trance saltaba a la vista. No era unaexageración,
decía Marta, pero era; allí estaba el parvenu, como lellamaba ella en francés, riéndose con
malicia, segura de que sóloMinghetti podía entenderla. Sebastián le llamaba, también con risitas
yen sus coloquios maliciosos con Marta, el inopinado.
La Valcárcel, los primeros días de su derrota, cogía el cielo con lasmanos; no podía ya negar,
pero protestaba. Mas aquella situación empezóa ser tolerable; se fue acostumbrando a la idea del
mal necesario, segastó el miedo, y por algún tiempo se quejó por rutina con un vago
temortodavía, pero como si el día de la crisis se alejara en vez deacercarse. La primera vanidad
que tuvo no fue la de ser madre, sino lade su volumen. Ya que era, que fuera dignamente. Y
ostentaba al fin, sintrabas, con alardes de su estado, lo que quería ocultar al principio.Además,
notaba que su rostro no empeoraba; aquellos diez años que el díadel susto se le habían vuelto a la
cara, ya no estaban allí; estabamejor de carnes; la tirantez de las facciones y el color tomado no
lasentaban mal, se veía lo que era, pero hasta parecía bien.«Efectivamente, como ser, el estado
era interesante».
Pero estos consuelos eran insuficientes. De todas maneras, aquello erauna atrocidad preñada
de peligros, de inconvenientes, de futurosmales... y de males presentes.
Con Minghetti jamás hablaba de lo que se le venía encima. Era un tema deque huían los dos
en sus conversaciones. El barítono estaba contrariado,sin duda alguna. Sentía despecho, que le
hacía sonreír con cínicaamargura; se sentía metido en una atmósfera de ridículo. Si no
fueraporque no había tales contratas, porque el mundo del arte le habíaolvidado, acaso hubiera
preferido dejar aquella vida regalada, susemolumentos de director de la Academia de Bellas
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