Gallardo tuvo que imitarla. Ella excusó su resolución con la necesidadde salir.
Esperaba a su amigo: tenían que ir juntos al Museo del Prado.
Luego le invitó a almorzar para otro día. Un almuerzo de confianza ensus
habitaciones. Vendría el amigo. Indudablemente sería de su gusto verde cerca a un
torero. Apenas hablaba castellano, pero le placeríaconocer a Gallardo.
El espada apretó su mano, contestando con palabras incoherentes, y salióde la
habitación. La ira enturbiaba su vista: le zumbaban los oídos.
¡Así le despedía, fríamente, como a un amigo importuno! ¡Y aquella mujerera la
misma de Sevilla!... ¡Y le convidaba a almorzar con su amigo,para que éste se
recrease examinándolo de cerca como un bicho raro!...
¡Maldita sea! El era muy hombre... Se acabó. No volvería a verla.
En aquellos días recibió Gallardo varias cartas de don José y de Carmen.
El apoderado pretendía infundir ánimos a su matador, aconsejándole, comosiempre,
que se fuese recto al toro... «¡Zas! estocada y te lo metes enel bolsillo»; pero al través
de su entusiasmo notábase ciertodesaliento, como si empezara a cuartearse su fe y
dudase ya de siGallardo era «el primer hombre del mundo».
Tenía noticias del descontento y la hostilidad con que le acogían lospúblicos. La
última corrida en Madrid había acabado de descorazonar adon José. No; Gallardo no
era como otros espadas que siguen adelante altravés de las silbas del público, dándose
por satisfechos con ganardinero. Su matador tenía vergüenza torera, y sólo podía
mostrarse en elredondel para ser acogido con grandes entusiasmos. Quedar
medianamenteequivalía a una derrota. La gente estaba habituada a admirarle por
suvalor temerario, y todo lo que no fuese perseverar en tales audaciasrepresentaba un
fracaso.
Don José pretendía saber lo que le ocurría a su espada. ¿Falta devalor?... Eso nunca.
Antes se dejaría matar que reconocer este defectoen su héroe. Era que se sentía
cansado, que aún no estaba repuesto desu cogida. «Y para esto—aconsejaba en todas
sus cartas—es mejor que teretires y descanses una temporada. Después volverás a
torear, siendo elde siempre...» El se ofrecía para arreglarlo todo. Un certificado de
losmédicos bastaba para acreditar su inutilidad momentánea, y el apoderadose pondría
de acuerdo con los empresarios de las plazas para resolverlas contratas pendientes,
enviando un matador de los que empiezan, elcual sustituiría a Gallardo por una
modesta cantidad.
