Pascuas. Luego entonarían los sacerdotes el Te Deum enacción de gracias por la
salvación del señor Juan Gallardo, lo mismo quecuando el rey entraba en Sevilla.
Se presentó la comitiva abriéndose paso en el gentío. La madre y laesposa del
torero, entre parientas y amigas, marchaban al frente,haciendo crujir a su paso la
gruesa seda de las faldas negras ysonriendo dulcemente bajo sus mantillas. Detrás
venía Gallardo, seguidode una escolta interminable de toreros y amigos, todos
vestidos decolores claros, con cadenas y sortijas de escandaloso brillo, llevandoen las
cabezas fieltros blancos, que contrastaban con la negrura de lostrajes femeninos.
Gallardo mostrábase grave. Era un buen creyente. Se acordaba poco deDios y
blasfemaba de él en los momentos difíciles, con el automatismo dela costumbre; pero
ahora era otra cosa: iba a darle gracias a laSantísima Macarena, y penetró en el templo
con aire compungido.
Todos entraron, menos el Nacional, que abandonó a su mujer y a laprole,
quedándose en la plazoleta.
—Yo soy librepensaor—creyó del caso afirmar ante un grupo de amigos—.Yo
respeto toas las creencias; pero lo de ahí dentro, pa mí, es...«líquido». No quiero
faltarle a la Macarena ni quitarle lo suyo; perocamará, ¡si mangue no acude a tiempo a
llevarse al toro cuando Juaniyoestaba en el suelo...!
Por las puertas abiertas llegaban hasta la plaza los gemidos de losinstrumentos, las
voces de los cantores, una melodía dulzona yvoluptuosa acompañada de las
bocanadas de perfume de las flores y elolor de la cera.
Fumaron cigarro tras cigarro los toreros y aficionados que se agrupabanfuera del
templo. De vez en cuando se desprendían algunos para ir aentretener la espera en la
taberna más cercana.
Cuando volvió a salir la comitiva, los pobres se abalanzaron, riñendo ymanoteando
bajo los puñados de monedas. Para todos había. El maestroGallardo era rumboso.
La señora Angustias lloraba, con la cabeza apoyada en el hombro de unaamiga.
En la puerta de la iglesia apareció el espada, sonriente y magnífico,dando el brazo a
su mujer, que iba trémula de emoción y bajaba los ojos,temblándole una lágrima entre
sus pestañas.
Carmen creyó que acababa de casarse por segunda vez.
Al llegar Semana Santa, Gallardo dio una gran alegría a su madre.
