Read The Great
Gatsby
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Antes de la mitad del viaje, el Nacional, con sus veinticinco años defidelidad
casera, excusaba las debilidades del matador, explicándose susentusiasmos. ¡El que se
viera en el propio caso, y haría lo mismo!...
¡La instrucción!... Una gran cosa, capaz de infundir respetabilidadhasta a los
mayores pecados.
V
—Que te iga quién es, o que se lo yeven los demonios. ¡Mardita sea lasuerte!... ¿Es
que no podrá uno dormir?...
El Nacional escuchó esta contestación al través de la puerta delcuarto de su
maestro, y la transmitió a un peón del cortijo queaguardaba en la escalera.
—Que te iga quién es. Sin eso, el amo no se levanta.
Eran las ocho. El banderillero se asomó a una ventana, siguiendo con lavista al
peón, que corría por un camino frente al cortijo, hasta llegaral lejano término del
alambrado que circuía la finca. Junto a la entradade esta valla vio un jinete
empequeñecido por la distancia: un hombre yun caballo que parecían salidos de una
caja de juguetes.
Al poco rato volvió el jornalero, luego de hablar con el jinete.
El Nacional, interesado por estas idas y venidas, le recibió al pie dela escalera.
—Ice que nesesita ve al amo—masculló atropelladamente el gañán—.Paece hombre
de malas purgas. Ha icho que quié que baje en seguía, puestié una rasón que darle.
Volvió el banderillero a aporrear la puerta del espada, sin hacer casode las protestas
de éste. Debía levantarse; para el campo era una horaavanzada, y aquel hombre podía
traer un recado interesante.
—¡Ya voy!—contestó Gallardo con mal humor, sin moverse de la cama.
Volvió a asomarse el Nacional, y vio que el jinete avanzaba por elcamino hacia el
cortijo.
El peón salió a su encuentro con la respuesta. El pobre hombre parecíaintranquilo, y
en sus dos diálogos con el banderillero balbuceaba conuna expresión de espasmo y de
duda, no atreviéndose a manifestar supensamiento.
Al unirse con el jinete, le escuchó breves momentos y volvió a desandarsu camino,
corriendo hacia el cortijo, pero esta vez con másprecipitación.
 

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