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Sangre y Arena

Pero antes de que Carmen pudiese hablar, intervenía el talabartero.
—Déjalos, mujer. ¡Quieren tanto a sus tíos! La pequeña no puede vivirsin su tiíta
Carmen...
Y los dos sobrinos permanecían allí como en su propia casa, adivinandoen su
malicia infantil lo que de ellos esperaban sus padres, extremandolas caricias y mimos
con aquellos parientes ricos, de los que oíanhablar a todos con respeto. Así que
acababa la cena, besaban la mano ala señora Angustias y a sus padres y se arrojaban al
cuello de Gallardoy su mujer, saliendo del comedor para ir a la cama.
La abuela ocupaba un sillón en la cabecera de la mesa. Cuando el espadatenía
convidados, gentes casi siempre de cierta posición social, labuena mujer resistíase a
sentarse en el sitio de honor.
—No—protestaba Gallardo—. La mamita en la presidensia. Siéntese ahí,mamá, o
no comemos.
Y la conducía de un brazo, acariciándola con extremos amorosos, como siquisiera
resarcirla de los años de infancia vagabunda que habían sido sutormento.
Cuando por las noches llegaba el Nacional a pasar un rato en casa delmaestro, como
si esta visita fuese un deber de subordinación, latertulia parecía animarse. Gallardo,
vistiendo rica zamarra, como unseñor del campo, la cabeza descubierta y la coleta
alisada hasta cercade la frente, recibía a su banderillero con zumbona amabilidad.
¿Quédecían los de la afición? ¿Qué mentiras circulaban?... ¿Cómo marchaba«eso» de
la República?
Garabato, dale a Sebastián una copa de vino.
Pero Sebastián el Nacional repelía el obsequio. Nada de vino; él nobebía. El vino
era el culpable del atraso de la clase jornalera. Y todala tertulia, al oír esto, rompía a
reír, como si hubiese dicho algograciosísimo que estaba esperando. Comenzaba el
banderillero a soltar delas suyas.
El único que permanecía silencioso, con ojos hostiles, era eltalabartero. Odiaba al
Nacional, viendo en él a un enemigo. Tambiénéste era prolífico en su fidelidad de
hombre de bien, y un enjambre dechicuelos movíase en la tabernilla en torno de las
faldas de la madre.Los dos más pequeños habían sido apadrinados por Gallardo y su
mujer,uniéndose el espada y el banderillero con parentesco de compadres.¡Hipócrita!
Traía a la casa todos los domingos a los dos ahijados, consus mejores ropitas, para que
besasen la mano a los padrinos, y eltalabartero palidecía de indignación cada vez que
los hijos delNacional recibían un regalo. Venían a robar a los suyos. Tal vez
hastasoñaba el banderillero con que una parte de la fortuna del espadapudiera llegar a
manos de los ahijados. ¡Ladrón! ¡Un hombre que no erade la familia!...
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