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Sangre y Arena

Fue obra piadosa de don José elapoderado, el cual, visitando a Carmen todos los días
y apelando ahábiles escamoteos para evitar la lectura de diarios, retardó duranteuna
semana que se enterase de la desgracia.
Cuando Carmen conoció el suceso, por la indiscreción de unas vecinas,quiso
inmediatamente tomar el tren, ir en busca de su marido, cuidarle,pues se lo imaginaba
abandonado. No fue necesario. El espada llegó antesde que ella partiese, pálido por la
sangre perdida, con una piernaobligada a larga inmovilidad, pero alegre y animoso
para tranquilizar asu familia. La casa fue desde entonces a modo de un santuario,
pasandopor el patio centenares de personas que deseaban saludar a Gallardo,
«elprimer hombre del mundo», sentado en un sillón de junco, la pierna en untaburete,
y fumando tranquilamente, como si su cuerpo no estuviesequebrantado por una herida
atroz.
El doctor Ruiz, llegado con él a Sevilla, le dio por bueno antes de unmes,
asombrándose de la energía de aquel organismo. La facilidad con quese curaban los
toreros era un misterio para él, a pesar de su largapráctica de cirujano. El cuerno,
sucio de sangre y de excremento animal,fraccionado muchas veces por los golpes en
menudas astillas, rompía lascarnes, las rasgaba, las perforaba, siendo al mismo tiempo
profundaherida penetrante y aplastadora contusión. Y sin embargo, las atrocesheridas
se curaban con mayor facilidad que las de la vida ordinaria.
—No sé qué será: misterio—decía el viejo cirujano con aire de duda—.O estos
chicos tienen carne de perro, o el cuerno, con todas sussuciedades, guarda una virtud
curativa que desconocemos.
Poco tiempo después, Gallardo volvió a torear, sin que esta cogidaenfriase sus
ardores de lidiador, como le vaticinaban los enemigos.
A los cuatro años de matrimonio, el espada dio a su mujer y a su madreuna gran
sorpresa. Iban a ser propietarios, pero propietarios en grande,con tierras que se
perdían de vista, olivares, molinos, grandes rebaños;un cortijo igual al de los señores
ricos de Sevilla.
Gallardo sentía el deseo de todos los toreros, que ansían ser señores decampo,
caballistas y dueños de ganados. La riqueza urbana, los valoresen papel, no les tientan
ni los entienden. El toro les hace pensar en laverde dehesa; el caballo les recuerda el
campo. La necesidad continua demovimiento y ejercicio, la caza y la marcha durante
los mesesinvernales, les impulsan a desear la posesión de la tierra.
Para Gallardo sólo era rico el dueño de un cortijo con grandes tropas debestias. De
sus tiempos de miseria, cuando marchaba a pie por loscaminos, al través de olivares y
dehesas, guardaba el ferviente deseo deposeer leguas y leguas de terreno que fuesen
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