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Pero de pronto reaparecían sus preocupaciones, apagábase el brillo desus ojos, y
volvía a sumir la barba en las manos, chupando tenazmente elcigarro, con la mirada
perdida en la nube de tabaco. Pensabacodiciosamente en la hora del anochecer,
deseando que viniese cuantoantes; en la vuelta de la plaza, sudoroso y fatigado, pero
con laalegría del peligro vencido, los apetitos despiertos, una ansia loca deplacer y la
certeza de varios días de seguridad y descanso. Si Dios leprotegía cual otras veces, iba
a comer con el apetito de sus tiempos dehambre, se emborracharía un poco, iría en
busca de cierta muchacha quecantaba en un music-hall, y a la que había visto en otro
viaje, sinpoder frecuentar su amistad. Con esta vida de continuo movimiento deun
lado a otro de la Península, no quedaba tiempo para nada.
Fueron entrando en el comedor amigos entusiastas que antes de ir aalmorzar a sus
casas deseaban ver al diestro. Eran viejos aficionados,ansiosos de figurar en una
bandería y tener un ídolo, que habían hechodel joven Gallardo «su matador» y le
daban sabios consejos, recordando acada paso su antigua adoración por Lagartijo o
por Frascuelo.Hablaban de tú al espada con protectora familiaridad, y éste
lesrespondía anteponiendo el don a sus nombres, con la tradicionalseparación de
clases que existe aún entre el torero, surgido delsubsuelo social, y sus admiradores. El
entusiasmo de aquellas gentes ibaunido a remotas memorias, para hacer sentir al joven
diestro lasuperioridad de los años y de la experiencia. Hablaban de la «plazavieja» de
Madrid, donde sólo se conocieron toros y toreros de «verdad»;y aproximándose a los
tiempos presentes, temblaban de emoción recordandoal «negro». Este «negro» era
Frascuelo.
—¡Si hubieses visto aquéllo!... Pero entonces tú y los de tu épocaestabais mamando
o no habíais nacido.
Otros entusiastas iban entrando en el comedor, con mísero pelaje y carafamélica:
revisteros obscuros en periódicos que sólo conocían loslidiadores a quienes se dirigían
sus elogios y censuras; gentes deproblemática profesión, que aparecían apenas
circulaba la noticia de lallegada de Gallardo, asediándolo con elogios y peticiones de
billetes.El común entusiasmo confundíales con los otros señores, grandescomerciantes
o funcionarios públicos, que discutían con ellosacaloradamente las cosas del toreo, sin
sentirse intimidados por suaspecto de pedigüeños.
Todos, al ver al espada, le abrazaban o le estrechaban la mano, conacompañamiento
de preguntas y exclamaciones.
—Juanillo... ¿cómo sigue Carmen?
—Güena, grasias.
—¿Y la mamita? ¿La señora Angustias?
—Tan famosa, grasias. Está en La Rinconá.

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