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Sangre y Arena

Aún ganarían dinero con este arreglo.
Carmen era más vehemente en sus peticiones, no usando de los eufemismosdel
apoderado. Debía retirarse en seguida; debía «cortarse la coleta»,como decían los de
su oficio, yendo a pasar la vida tranquilamente enLa Rinconada o en la casa de Sevilla
con los de su familia, que eranlos únicos que le querían de veras. No podía sosegar;
tenía ahora másmiedo que en los primeros años de casamiento, cuando las corridas
eranpara ella como pedazos de existencia que le arrancaban la inquietud y latemerosa
espera. Le decía el corazón, con ese instinto femenil pocasveces erróneo en sus
temores, que iba a ocurrir algo grave. Apenasdormía; pensaba con miedo en las horas
de la noche cortadas porsangrientas visiones.
Luego, la esposa de Gallardo se revolvía furiosa contra el público ensus cartas. Una
muchedumbre de ingratos, que ya no se acordaban de loque el torero había hecho en
otras ocasiones, cuando se sentía másfuerte. Gentes de mala alma, que deseaban para
su diversión verlemuerto, como si ella no existiese, como si no tuviera madre. «Juan,
lamamita y yo te lo pedimos. Retírate. ¿A qué seguir toreando? Tenemosbastante para
vivir, y a mí me duele que te insulte esa gentuza que valemenos que tú... ¿Y si te
ocurriese otra desgracia? ¡Jesús! Yo creo queme volvería loca.»
Gallardo quedábase preocupado luego de leer estas cartas. ¡Retirarse!...¡Qué
disparate! ¡Cosas de mujeres! Eso podía decirse fácilmente, aimpulsos del cariño,
pero era imposible realizarlo. ¡Cortarse la coletaa los treinta años! ¡Cómo reirían los
enemigos! El «no tenía derecho» aretirarse mientras estuviesen enteros sus miembros
y pudiera torear.Jamás se había visto este absurdo. El dinero no lo era todo. ¿Y
lagloria? ¿Y la vergüenza profesional? ¿Qué dirían de él los miles y milesde
partidarios entusiastas que le admiraban? ¿Qué contestarían a losenemigos cuando les
echasen en cara que Gallardo se había retirado pormiedo?...
Además, el matador deteníase a considerar si su fortuna le permitía estasolución. El
era rico y no lo era. Su posición social no se habíaconsolidado. Lo que él poseía era
obra de los primeros años dematrimonio, cuando una de sus mayores alegrías
consistía en ahorrar ysorprender a Carmen y la mamita con la noticia de nuevas
adquisiciones.Luego había seguido ganando dinero, tal vez en mayor cantidad, pero
sedesparramaba y desaparecía por infinitos agujeros abiertos en su nuevaexistencia.
Jugaba mucho, llevaba una vida fastuosa. Algunas fincasañadidas al extenso dominio
de La Rinconada, para redondearlo, habíansido compradas con dinero adelantado por
don José y otros amigos. Eljuego le había hecho pedir préstamos a varios aficionados
de provincias.Era rico, pero si se retiraba, perdiendo con esto el soberbio ingreso delas
corridas—unos años doscientas mil pesetas, otros trescientas mil—,tendría que
circunscribirse, luego de pagar sus deudas, a vivir como unseñor del campo, del
cultivo de La Rinconada, haciendo economías yvigilando por sí mismo los trabajos,
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