Not a member?     Existing members login below:

Sangre y Arena

de apostura gallarda,pensaba inevitablemente en los animales exóticos llevados desde
paísessolares a los jardines zoológicos de luz gris y cielo lluvioso. Allá enAndalucía
era Gallardo el héroe, producto espontáneo de un país deganaderías. Aquí le parecía
un cómico, con su cara afeitada y susademanes de cabotin acostumbrado al homenaje
público: un cómico que envez de dialogar con sus iguales despertaba el escalofrío
trágicoluchando con fieras.
¡Ay, el espejismo seductor de los países de sol! ¡La embriaguez engañosade la luz y
los colores!... ¡Y ella había podido sentir un amor de unoscuantos meses por aquel
mozo rudo y grosero, y había celebrado comorasgos ingeniosos las torpezas de su
ignorancia, y hasta le exigía queno abandonase sus costumbres, que oliera a toro y a
caballo, que noborrase con perfumes la atmósfera de fiera animalidad que envolvía a
supersona!... ¡Ay, el ambiente! ¡A qué locuras impulsa!...
Recordaba el peligro en que se había visto de perecer destrozada bajolos cuernos de
un toro. Luego, su almuerzo con un bandolero, al quehabía escuchado estupefacta de
admiración, acabando por darle una flor.¡Qué tonterías! ¡Y qué lejos lo veía ahora
todo!
De este pasado, que le hacía sentir el arrepentimiento del ridículo,sólo quedaba
aquel mocetón inmóvil ante ella, con ojos suplicantes y unempeño infantil de resucitar
tales tiempos... ¡Pobre hombre! ¡Como silas locuras pudieran repetirse cuando se
piensa en frío y falta lailusión, ceguera encantadora de la vida!...
—Todo se acabó—dijo la dama—. Hay que olvidar lo pasado, ya quecuando lo
vemos por segunda vez no se presenta con los mismos colores.¡Qué diera yo por tener
los ojos de antes!... Al volver a España laencuentro otra. Usted también es diferente
de como le conocí. Hasta mepareció el otro día, viéndole en la plaza, que era menos
atrevido... quela gente se entusiasmaba menos.
Dijo esto sencillamente, sin malicia; pero Gallardo creyó adivinar en suvoz cierta
burla, y bajó la cabeza, al mismo tiempo que se coloreabansus mejillas.
«¡Mardita sea!» Las preocupaciones profesionales resurgieron en supensamiento.
Todo lo malo que le ocurría era porque no se «arrimaba»ahora a los toros. Ya se lo
decía ella claramente. Le veía «como sifuese otro». Si volviese a ser el Gallardo de los
antiguos tiempos, talvez le recibiría mejor. Las hembras sólo aman a los valientes.
Y el torero se engañaba con estas ilusiones, tomando lo que era uncapricho muerto
para siempre por momentáneo desvío que él podía venceren fuerza de proezas.
Doña Sol se levantó. La visita resultaba larga, y el torero no parecíadispuesto a
marcharse, contento de permanecer cerca de ella, confiandovagamente en una
combinación del azar que los aproximase.
Remove