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Sangre y Arena

meridional sometido a continuos peligros, pensaba queeste hotel era «de buena
sombra» y nada malo le ocurriría en él.Percances del oficio; rasgones en el traje o en
la carne; pero nada decaer para siempre, como habían caído otros camaradas, cuyo
recuerdoturbaba sus mejores horas.
Gustaba en los días de corrida, después del temprano almuerzo, dequedarse en el
comedor contemplando el movimiento de viajeros: gentesextranjeras o de lejanas
provincias, rostros indiferentes que pasabanjunto a él sin mirarle y luego volvíanse
curiosos al saber por loscriados que aquel buen mozo de cara afeitada y ojos negros,
vestido comoun señorito, era Juan Gallardo, al que todos llamaban familiarmente
elGallardo, famoso matador de toros. En este ambiente de curiosidaddistraía la
penosa espera hasta la hora de ir a la plaza. ¡Qué tiempotan largo! Estas horas de
incertidumbre, en las que vagos temoresparecían emerger del fondo de su ánimo,
haciéndole dudar de sí mismo,eran las más amargas de la profesión. No quería salir a
la calle,pensando en las fatigas de la corrida y en la precisión de
mantenersedescansado y ágil; no podía entretenerse en la mesa, por la necesidad
decomer pronto y poco para llegar a la plaza sin las pesadeces de ladigestión.
Permanecía en la cabecera de la mesa con la cara entre las manos y unanube de
perfumado humo ante los ojos, girando éstos de vez en cuando concierta fatuidad para
mirar a algunas señoras que contemplaban coninterés al famoso torero.
Su orgullo de ídolo de las muchedumbres creía adivinar elogios y halagosen estas
miradas. Le encontraban guapo y elegante. Y olvidando suspreocupaciones, con el
instinto de todo hombre acostumbrado a adoptaruna postura soberbia ante el público,
erguíase, sacudía con las uñas laceniza del cigarro caída sobre sus mangas y
arreglábase la sortija quellenaba toda la falange de uno de sus dedos, con un brillante
enormeenvuelto en nimbo de colores, cual si ardiesen con mágica combustión
susclaras entrañas de gota de agua.
Sus ojos paseábanse satisfechos sobre su persona, admirando el terno decorte
elegante, la gorra con la que andaba por el hotel caída en unasilla cercana, la fina
cadena de oro que cortaba la parte alta delchaleco de bolsillo a bolsillo, la perla de la
corbata, que parecíailuminar con lechosa luz el tono moreno de su rostro, y los
zapatos depiel de Rusia dejando al descubierto, entre su garganta y la boca
delrecogido pantalón, unos calcetines de seda calada y bordada como lasmedias de
una cocota.
Un ambiente de perfumes ingleses suaves y vagorosos, esparcidos conprofusión,
emanaba de sus ropas y de las ondulaciones de su cabellonegro y brillante, que
Gallardo se atusaba sobre las sienes, adoptandouna postura triunfadora ante la femenil
curiosidad. Para torero noestaba mal. Sentíase satisfecho de su persona. ¡Otro más
distinguido ycon mayor «ángel» para las mujeres!...
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