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Sangre y Arena

cogida hubiese desdoblado suexistencia; como si el Gallardo de antes fuese otro, y él
tuviera quecomenzar de nuevo su carrera.
Para fortalecerse, decidió pasar el resto del invierno con su familia enLa Rinconada.
La caza y las marchas largas fortalecerían su piernaquebrantada. Además, montaría a
caballo para vigilar los trabajos,visitaría los ganados de cabras, las piaras de cerdos, la
vacada y lasjacas que pastaban en los prados. La administración del cortijo
nomarchaba bien. Todo le costaba más que a los otros propietarios, y losproductos
resultaban menores. Era una hacienda de torero habituado a lagenerosidad, a ganar
gruesas cantidades, sin conocer las restriccionesde la economía. Sus viajes durante
una parte del año y aquelladesgracia, que había traído a su casa el aturdimiento y el
desorden,hacían que los negocios no marchasen bien.
Antonio su cuñado, que se había establecido por una temporada en elcortijo con
aires de dictador, queriendo ponerlo todo en orden, sólohabía servido para embrollar
la marcha de los trabajos y provocar la irade los jornaleros. Gracias que Gallardo
contaba con el ingreso seguro delas corridas, riqueza inagotable que reparaba con
exceso susdespilfarros y torpezas.
Antes de salir para La Rinconada, la señora Angustias quiso que suhijo fuese a
arrodillarse ante la Virgen de la Esperanza. Era unapromesa que había hecho en aquel
anochecer lúgubre, cuando le vio llegartendido en la camilla, pálido e inmóvil como
un muerto. ¡Las veces quehabía llorado a la Macarena, la hermosa reina de los cielos,
de largaspestañas y mejillas morenas, pidiéndola que no olvidase a su pobreJuanillo!
La fiesta fue un acontecimiento popular.
Los jardineros del barrio de la Macarena fueron llamados por la madredel espada, y
el templo de San Gil se llenó de flores, formando altosramos como pirámides en los
altares, esparciéndose en guirnaldas entrelos arcos, pendiendo en gruesos ramilletes
de las lámparas.
Fue una mañana de sol cuando se verificó la santa ceremonia. A pesar deque el día
era de trabajo, se llenó el templo de lo mejorcito de losbarrios inmediatos: gruesas
mujeres de ojos negros y cuello corto, conel corpiño y la falda hinchados por
abultadas curvas, vistiendo trajesnegros de seda y con mantillas de blonda sobre el
rostro pálido;menestrales recién afeitados, con terno nuevo, sombrero redondo y
grancadena de oro en el chaleco. Acudían a bandadas los mendigos, como sise
celebrase una boda, formando en doble fila a las puertas del templo.Las comadres del
barrio, despeluznadas y con niños al brazo,agrupábanse, esperando con impaciencia la
llegada de Gallardo y sufamilia.
Iba a cantarse una misa con acompañamiento de orquesta y de voces:
algoextraordinario, como la ópera, del Teatro de San Fernando cuandollegaban las
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