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Sangre y Arena

El Nacional le oyó subir la escalera con no menos velocidad,presentándose ante él
tembloroso y pálido.
—¡Es er Plumitas, señó Sebastián! Ice que es er Plumitas, y quenesesita hablá con
el amo... Me lo dio er corasón denque le vi.
¡El Plumitas!... La voz del peón, a pesar de ser balbuciente ysofocada por la fatiga,
pareció esparcirse por todas las habitaciones alpronunciar este nombre. El banderillero
quedó mudo por la sorpresa. Enel cuarto del espada sonaron unos cuantos juramentos
acompañados de rocede ropas y el golpe de un cuerpo que rudamente se echaba fuera
dellecho. En el que ocupaba doña Sol notose también cierto movimiento queparecía
responder a la estupenda noticia.
—Pero ¡mardita sea! ¿Qué me quié ese hombre? ¿Por qué se mete en LaRinconá?
¡Y justamente ahora!...
Era Gallardo, que salía con precipitación de su cuarto, sin más que unospantalones
y un chaquetón, puestos a toda prisa sobre sus ropasinteriores. Pasó corriendo ante el
banderillero, con la ciega vehemenciade su carácter impulsivo, y se echó escalera
abajo, más bien quedescendió, seguido del Nacional.
En la entrada del cortijo desmontábase el jinete. Un gañán sostenía lasriendas de la
jaca y los demás trabajadores formaban un grupo a cortadistancia, contemplando al
recién venido con curiosidad y respeto.
Era un hombre de mediana estatura, más bien bajo que alto, carilleno,rubio y de
miembros cortos y fuertes. Vestía una blusa gris adornada detrencillas negras,
calzones obscuros y raídos, con grueso refuerzo depaño en la entrepierna, y unas
polainas de cuero resquebrajado por elsol, la lluvia y el lodo. Bajo la blusa, el vientre
parecía hinchado porlos aditamentos de una gruesa faja y una canana de cartuchos, a
la quese añadían los volúmenes de un revólver y un cuchillo atravesados en elcinto.
En la diestra llevaba una carabina de repetición. Cubría sucabeza un sombrero que
había sido blanco, con los bordes desmayados yroídos por las inclemencias del aire
libre. Un pañuelo rojo anudado alcuello era el adorno más vistoso de su persona.
Su rostro, ancho y mofletudo, tenía una placidez de luna llena. Sobrelas mejillas,
que delataban su blancura al través de la pátina delsoleamiento, avanzaban las púas de
una barba rubia no afeitada enalgunos días, tomando a la luz una transparencia de oro
viejo. Los ojoseran lo único inquietante en aquella cara bondadosa de sacristán
dealdea: unos ojos pequeños y triangulares sumidos entre bullones degrasa; unos
ojillos estirados, que recordaban los de los cerdos, con unapupila maligna de azul
sombrío.
Al aparecer Gallardo en la puerta del cortijo lo reconocióinmediatamente y levantó
su sombrero sobre la redonda cabeza.
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