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Riverita

disculpas. Cuando a Miguel se le calmaron un poco losnervios y se encontró solo en
su cuarto, sintió grandes remordimientos;había obrado con poca generosidad: después
de todo, la misma culpa habíatenido él que su tío en el despilfarro: al recordar el
semblanteavergonzado y triste de aquél, sentía tanta lástima y un pesar tanprofundo
de haberle sin razón ofendido, que no pudo dormir en toda lanoche.
La renta que le quedó era bastante para vivir con desahogo y aun conrelativo lujo en
Madrid. Se hizo cargo de la administración de las casasy puso orden en sus gastos,
procurando, no obstante, que a su tío no lefaltasen ciertos goces sin los cuales el
caballero no comprendía laexistencia. Y siguieron viviendo alegres y satisfechos en la
mejorarmonía.
La amistad de Miguel con su antiguo compañero de colegio y de posada,Mendoza,
se había enfriado un poco durante los últimos años, más bienpor efecto de la
separación que porque hubiese mediado entre ellosmotivo alguno de disgusto. Cuando
se encontraban en la Universidad o enla calle se hablaban cariñosamente y paseaban
juntos si Miguel no teníacosa urgente que hacer. Algunas veces también, en días de
apuro, Mendozasolía pasarse por casa de su amigo y pedirle unos cuantos duros. Por
lodemás, trascurrían a veces meses enteros sin verse.
Poco después de terminar la carrera, Mendoza, que cada día era mejormozo y se
aplicaba con más ahínco a parecerlo, quiso hacer oposición aunas plazas de oficiales,
vacantes en el Consejo de Estado. Antes deresolverse vino a consultarlo con Miguel,
quien le animó mucho y leprometió aprovechar todas sus relaciones para conseguir lo
que deseaba.Miguel frecuentaba la alta sociedad y era amigo de varios
personajespolíticos; se le conocía en los salones como en la Universidad por elnombre
de Riverita, y era generalmente querido por su figura simpática,aunque exigua, y su
trato franco y gracioso. Hizo Mendoza al fin suejercicio de preguntas, y no fue más
que mediano, de suerte que aunponiéndose en lo mejor, desconfiaba mucho de llevar
número, lo cual letraía muy cabizbajo y desalentado. No obstante, cuando llegó el
segundoejercicio, que consistía en escribir encerrado, durante veinticuatrohoras, una
disertación sobre un tema elegido entre tres y contestardespués a las objeciones que
dos compañeros le hiciesen, ocurriósele unaidea salvadora; pidió por favor a Miguel,
en cuyo talento fiaba mucho,que se la escribiese. Hubo necesidad para ello de valerse
de un ardid. Ala hora en que se encerraba, fue Rivera por allá, se enteró del
temaelegido y corrió a meterse en la biblioteca del Ateneo, donde en pocashoras
consultando libros y esforzando el ingenio, escribió un largo yerudito discurso. El
problema era que llegase a las manos de Mendoza.Para conseguirlo fue a rondar a las
altas horas de la noche el edificiode los Consejos, dio un silbido penetrante, como un
enamorado queavisase a su novia, y al poco rato se abrió con cautela una ventana
delpiso alto y se vio un hilo de seda flotar en el aire; Miguel amarróapresuradamente
el manuscrito y el hilo comenzó a subir arrastrándoloconsigo.
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